“Como todos los hombres, vivió en tiempos difíciles”, es una muy conocida cita de Jorge Luis Borges. Creo con optimismo que la inquietante frase puede leerse como que cada tiempo tiene sus dificultades; de ser válida tal interpretación, cabe decir que la época en la que nos tocó vivir, la segunda mitad del siglo XX y el primer cuarto del XXI, las dificultades fueron vencidas en buena medida. Más aún, considero que han sido uno de los “momentos estelares de la humanidad”. Partiendo de la simbólica llegada a la Luna y de la erradicación de muchas epidemias, pasando por el dominio de la energía atómica y las técnicas de trasplantes de órganos, hasta la eliminación del analfabetismo y el reconocimiento internacional de los derechos humanos, fueron avances inéditos. Aunque ciertamente falta mucho por hacer.
Hacia los años 90 terminó el gran conflicto de esta era, la Guerra Fría, que fue afortunadamente fría, pero sus rescoldos calientes resultaron difíciles de apagar. Se derrumbaron las dos mayores dictaduras y de la mano de dos formidables líderes, Deng y Gorbachov, sus pueblos se enrumbaron hacia regímenes de más libertad, que en el caso chino conllevó un crecimiento inusitado. Las tiranías “de derecha”, desaparecieron en Iberia, en América Latina, en Asia y hasta en África... igual quedó mucho por hacer, pero la ganancia fue neta.
Gran época para el mundo, mas, alrededor del paso al nuevo siglo, se produjeron eventos que evidenciaron un giro hacia tiempos peores. Los sucesos del 9/11 del 2001 nos demostraron que todo había cambiado y siguió cambiando. La libertad de comercio y otros derechos económicos, que habían avanzado en las décadas anteriores, se baten en retirada frente al proteccionismo. Líderes mediocres metieron a Estados Unidos en conflictos, en los que la prevalencia militar en la batalla no significó que ganaron las guerras. Estas se ganan cuando se logran los objetivos propuestos y no ocurrió así en Afganistán e Irak, y amenaza con repetirse en Irán. Mientras tanto, los autócratas chino y ruso han restaurado los sistemas totalitarios y se lanzaron a recuperar por la fuerza sus imperios o amenazan con hacerlo. El sueño del mundo en paz se esfuma día a día.
Mi generación se caracterizó por haber dado la cara, en la calle y en los foros, en la lucha por mejorar el planeta. De tales esfuerzos provino una mejora sustancial en el reconocimiento de los derechos de la mujer y de las minorías de todo tipo. La libertad sexual fue un logro no menor, en un abanico de derechos reivindicados. Pero de pronto, la lucha se volvió un objetivo en sí misma y coartar los derechos ajenos es más importante que defender los propios. El propósito prioritario de los jóvenes del siglo XX fue la defensa de la naturaleza, en los años en que la ciencia descubría la ecología. Magnífico ideal, con soberbios resultados. Pero de pronto, igual, ya no se buscó lograr progreso en paz con el medioambiente, sino satanizar el adelanto y aun la ciencia. Todas estas tendencias se entremezclan en el infame amasijo de desatinos que se conoce como la cultura "woke". El sueño del cambio se está convirtiendo en una pesadilla. (O)