El día que papá anunció que nos mudaríamos a Quito se sintió raro. Una mezcla de tristeza incierta y de ilusión nueva me cubrió entera. Dejar la casa, la cuadra, el perro, la acequia, el capulí, el río, los primos, los tíos... daba pena; pero ser parte de una ciudad hermosísima, grande, elegante... sonaba bien.

Solíamos ir a Quito con cierta frecuencia: a comprar útiles escolares, a visitar al tío Antuco, a comprar pan de molde cortado en tajas, a comprar telas, grecas, encajes y cierres. También fuimos una vez a un circo que cerraba su espectáculo con un agua de colores que se movía al son del Danubio azul. Quito estaba allí, pero ir a vivir era otra cosa.

Con la casa a cuestas llegamos a Quito en julio de 1966; gobernaba don Clemente Yerovi Indaburu y la ciudad era muy noble y leal. Nos sorprendió su limpieza y amabilidad; pronto aprendimos a tomar bus y así nos movilizábamos todos. Bueno, casi todos, porque mi hermana mayor parecía ser uno solo con el Volkswagen escarabajo celeste, del que se apropió sin compasión.

Vivíamos en la avenida 6 de Diciembre, cerca del Colegio Benalcázar. El pavimento y la ciudad terminaban en el estadio Olímpico Atahualpa; el parque La Carolina era pantanoso y tenía hipódromo; y la avenida de Las Palmas (actual Eloy Alfaro, que nacía en la 10 de Agosto y moría en la Fernando Ayarza) servía de pista para carreras de autos. Abundaban las heladerías, tiendas de barrio y panaderías; había un solo supermercado y policías que, subidos en tarimas, dirigían el tránsito (por suerte no habían llegado los celulares). Era la época en que los taxistas tenían orientación y sentido común.

Emigramos luego hacia la niebla: vivimos en el descampado de la Coruña cuando la vista desde la González Suárez nos pertenecía a todos. Por cierto, desde 2025 intento sacar un certificado de gravámenes del Registro de la Propiedad, pero, al parecer, la propiedad de esa casa, por la que pago impuestos desde 2017, no está clara.

Vivíamos bien, pero llegó el petróleo y, con él, los nuevos ricos y los horrendos malls, y la ambición, y el cemento, y la corrupción, y el irrespeto. Copiamos todo lo malo de los grandes países. No su amabilidad ni su respeto a la ley, pero sí su grasienta comida y su mala facha. No su aseo, pero sí su deseo. Y, sin compasión, perdimos la personalidad quiteña. Como ciudad y como pueblo, nos volvimos un híbrido extraño que podría habitar en cualquier lugar caótico de la Tierra.

¿Somos un pueblo o somos varios? ¿Somos una ciudad o una torre de Babel? Así, sin respuestas, avanzamos peligrosamente hacia una nueva elección de alcalde. Los ambiciosos candidatos, de lo más variopintos, son incapaces de ocultar su agenda propia: usar el cargo de trampolín para sentarse algún día en Carondelet.

La Quito –esa que fue algún día la Carita de Dios– ya no funciona con la organización política actual. Sobran burócratas, faltan cabezas; sobra nuestra desidia, falta nuestra entereza. Sobra patanería, falta educación y respeto. Tal vez se necesite armar 3, 4 o 5 municipios para que cada uno atienda a los intereses y necesidades dispares de sus habitantes. (O)