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Editorial

  • El mensaje del papa Francisco

    La República de Irak tiene gran importancia histórica, algunos la consideran la cuna de la civilización y, ciertamente, allí se creó la escritura. Abraham, el patriarca de las tres religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo e islamismo, nació en Ur, una de sus ciudades.

    Durante su historia ha sido asiento de algunos imperios y de discordias, encuentros violentos, insurrecciones internas y luchas armadas, que le han impedido un desarrollo autónomo y sostenido, por causas que no corresponde tratar en estas líneas. En Irak había más de un millón de cristianos, que en los últimos conflictos han sido estigmatizados y perseguidos, por lo que muchos abandonaron su lugar de origen; hoy no llegan a medio millón. Francisco ha querido animarlos, agradecerles por su fortaleza y darles la certeza de la oración y el acompañamiento. Pero el papa quiere más: ha hecho un llamado a la comunidad internacional a trabajar en conjunto para lograr la paz entre las distintas etnias y culturas que existen en el país, y crear las condiciones para que quienes se vieron obligados a dejar su tierra puedan volver y vivir en ella en un medio de justicia y paz.

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