¿Es posible pensar más allá del poder? ¿La democracia es solamente un evento electoral? ¿Los “líderes” son los candidatos, o hay una forma distinta de conducir a la sociedad?
El país está abrumado de política. Los noticieros giran en torno a la violencia y a las expectativas electorales. Los análisis no superan las básicas consideraciones de algunas reglas de interés inmediato y de otros tantos hechos y escándalos que no transitan un milímetro fuera de la coyuntura: juicios, denuncias, enormes errores y graves disparates, espacios que ocupan las viejas versiones de la democracia y las vengativas declaraciones de los prófugos, anuncios de próximas tragedias, especulaciones sobre la ruina del país y alguna suposición que acentúa las incertidumbres. Está el fútbol, que refresca y distrae y los espectáculos que se suceden. Lo demás no existe.
Es decir, existe, pero no importa; está allí, pero no interesa. Existe la ciudad vista desde fuera del discurso de los candidatos; está arruinada, pero, pese a todo, es mejor que la versión electoral. Existe algo de cultura, por allí un libro, algún pensamiento diferente, un programa de radio que permite sospechar que sí hay otro mundo que escapa a la política y al estruendoso anuncio del fin de los tiempos. Hay alguna rara institución que se afana en decir algo diferente. Pero hay la sordera universal a lo distinto y el constante ejercicio de la vocación por la decadencia. Hay el cansancio que llega con la infinita prisa y la avalancha informativa. Hay confusión y negación.
En todo esto, es el poder lo que nos determina. Lo que nos agobia es la obsesión por la política, el olvido de que el país es un sitio de encuentro que no se agota en los discursos, que es una aspiración hacia la paz, y el olvido de que ciudades, campos y pueblos son espacios para vivir; que la gente no es solamente una masa de espectadores que aplauden o condenan, que arengan y consumen; que eso que llaman pueblo es un conglomerado de humanidades con aspiraciones, familias e ilusiones.
Habrá, entonces, que plantearse y reconocer que, con nuestra complicidad e indolencia, hemos permitido que se ponga la carreta delante de los bueyes, que se haya privilegiado a la política como fin, que prevalezca en todas sus formas el electoralismo, y todo en perjuicio de aquella maltrecha sociedad civil, que sobrevive en el traspatio del gran teatro de variedades que lleva el pomposo nombre de democracia.
Un ejercicio para ilustración de semejante fenómeno: los quiteños, ¿vemos Quito como la ciudad que ya no es, vemos sus bellezas y su inaceptable decadencia, o escuchamos la campaña electoral y sus bombos y platillos que la anuncian, o miramos la ciudad falsificada por los innumerables aspirantes a redentores? ¿Vemos la realidad? Difícil distinguir la verdad, pero necesario hacer el esfuerzo.
Como ya es usual en esta columna: apuesto a las peras del olmo, y planteo que la objetividad y la modesta verdad deben ser los argumentos de una república que, al cabo de doscientos años, no encuentra la ruta. (O)










