Cuando reconocen a un producto fílmico como de entretenimiento, lleva una implícita descalificación, como si la obra fuese infantil o dirigida a aquellos que solo consumen banalidades. Yo rechazo tal prejuicio, la calidad de una cinta puede impregnar cualquier clase de historia. Eso detecto en los enlatados de plataformas que no descuidan las exigencias cinematográficas. Aquí va mi entusiasmo por la serie italiana de la primera abogada de ese país.
Hubo una mujer en Turín, a finales del siglo XIX, que inscribió su nombre en el registro correspondiente para laborar como profesional y la respuesta que obtuvo fue negativa. No puedo comprender que la universidad haya abierto las puertas a las mujeres y luego les haya impedido el ejercicio laboral, pero así parte la historia de esta protagonista que mientras pelea su derecho tiene que limitarse a colaborar en el bufete de su hermano.
La Lidia Pöet de la ficción -18 capítulos, desde 2023- es una mujer aguda, observadora que si bien guarda las formas sociales, sabe cómo infringirlas cuando le parecen absurdas, conoce muy bien las leyes, por tanto, apoya al hermano -en realidad lo suplanta- en los casos que le van saliendo, y mientras, torea sus complicados afectos: está enamorada del cuñado de su hermano, pero la relación sufre de un antagonismo de roles. Obviamente, emergen otros amores.
La maestría de la grabación es digna de una película (¿acaso las series televisivas han venido a confundir los lindes?): las locaciones en calles y edificios para reproducir la ciudad de hace 150 años son perfectas; la casa de los abogados Pöet tiene la elegancia propia de la alta burguesía y el vestuario de Lidia es exquisito, respetuoso de las modas y las costumbres (solo la vemos con el cabello suelto en su habitación o escenas de intimidad). Naturalmente, los productores han sazonado la acción con una línea detectivesca que lleva a los abogados a trajinar por burdeles, morgues y sótanos y hasta a poner en riesgo sus vidas.
Cualquiera podrá afirmar que Lidia tiene un empaque feminista en sus actuaciones profesionales y personales: estira la sábana legal hasta los extremos y practica la libertad sexual en escenas que -dice la prensa- han incomodado a sus descendientes (¿por qué será que la materia más escabrosa siempre será la íntima?). Y para ratificar que las mujeres desarrollan sororidad -sentimiento que hasta ha exigido una palabra nueva- debe defender a su mejor amiga y su sobrina la tiene a ella como modelo.
La tercera temporada es la más sustanciosa porque en ella el amado está en relación con otra (una espléndida actriz española que sabe italiano) que es artista del bel canto y las tensiones se incrementan al ritmo de preciosas arias. La fotografía de tonos ocres en los interiores es adecuada, combinada con la explosión de colores en el vestuario de las mujeres. Supe así de la dúctil Matilda de Angelis, actriz ideal para el papel y de la ruda apostura de Eduardo Scarpetta, el periodista. Ojalá los vea en otros productos. Algo bueno ocurre con las plataformas, hoy enriquecidas y en competencia, porque consiguen dejarnos en casa interesados en pantallas menores. (O)










