En mi larga vida profesional tuve la oportunidad de enseñar en un colegio fiscal nocturno, entonces conocí de primera mano lo que era el esfuerzo educativo más ambicioso. Todos los participantes estábamos cansados: los estudiantes, la mayoría adultos que venían de su día laboral; y yo, que ya había desgastado mi garganta y mente, en dos instituciones diurnas. Era difícil convencerme de que, a esas personas curtidas por la vida, les era necesario saber encontrar el predicado de la oración e identificar el correcto uso de las preposiciones. Me agarraba de textos interesantes para hacerlos pensar en el idioma y la vida.
Este recuerdo me asalta al leer que el toque de queda exigirá reajustar los horarios, cuando ya la verdad de los colegios nocturnos es que trabajan en tiempo reajustado. La hora de clase no es de 45 minutos, sino de 40 o 35 e iniciando de las 19:00, y se debe cubrir mucha variedad con currículos comprimidos. Hay que tolerar los ingresos atrasados y que los estudiantes dormiten en clases. En este panorama, ¿qué se va a reajustar? Algún iluminado dirá “se ocuparán las mañanas de los sábados”, cuando muchos de alumnos trabajadores las tendrán ocupadas con labores extra.
Lo cierto es que con muchas medidas políticas, la educación sale perdiendo. Si hay apagones, no se pueden dictar clases; si se daña alguna tubería, un establecimiento educativo sin agua, se convierte en un horror; una huelga de transporte o de cualquier otra índole, suspende las clases; acortar la colaboración de Metrovía y buses deja a los estudiantes parados en las esquinas. La inseguridad reinante tiene en quienes llegan tarde a sus casas, sus víctimas favoritas.
No tranquiliza aquello de que “no hay mal que por bien no venga”, respecto de los objetivos y resultados de las medidas que el Gobierno cree indispensables para sanear el país, o para solucionar algún problema. Cualquier padre o madre de familia sabe que en materia de cuidados humanos el fin no justifica los medios. No se debe justificar un menoscabo a un hijo por poner en la categoría de urgente la necesidad de otro. Así de cruda es la realidad educativa del Ecuador, herida hace años por enfoque y programas obsoletos, profesores mal preparados, establecimientos maltrechos y juventud interesada en otras actividades, que no comprenden que sin educación no llegan a ninguna parte.
La educación pide a gritos una transformación total, que ponga en el centro los cambios de alumnado del último cuarto de siglo, para quienes lo que siempre han hecho los profesores en el aula es hablar. No pueden seguir haciéndolo. Por eso, cuando se anunció que habrá 2.000 plazas nuevas para profesores, yo me pregunto por la preparación y estímulo con que irán a las aulas. ¿Continuarán dentro del círculo vicioso de una seudoeducación que dice en clase lo que se puede consultar por internet?, ¿o acaso apunta hacia la meta de desarrollar habilidades para que el educando busque el conocimiento en la medida en que adquiere valores?
Y si me responden que las clases durante el toque de queda serán por vía virtual, tocamos otra llaga: ¿cuántos alumnos cuentan con un celular y conexión en sus casas? (O)










