No es, por supuesto, un temor gratuito, el que tiene la humanidad frente a los acontecimientos mundiales que, a empujones y a la fuerza, están destrozando la estructura social que, en su versión actual, puede ser un impedimento al propósito de forjar un nuevo orden global. Es una arremetida desembozada y discursivamente argumentada –en medios de comunicación como diarios, redes sociales o espacios de influenciadores– en contra de los avances civilizatorios alcanzados por la humanidad y que encontraron su concreción moral y jurídica en el siglo XX, luego de las dos cruentas guerras mundiales.
No conozco, producciones académicas de la filosofía moral o de la filosofía política, que hayan desarrollado un discurso argumentado sobre las razones que validarían las actuales acciones, pretensiones y resultados de la política mundial que está trastocando la vida de la gente en todo el planeta.
Lo que sí es evidente es la utilización por parte del poder, de la aún vigente estructura de convivencia mencionada en el primer párrafo, para a través de ella imponer sus intereses, dando viabilidad legal a sus enfoques ideológicos marcados por objetivos puramente económicos, el control de las instituciones y el sometimiento de todos a una forma de pensar y de actuar que menosprecia la libertad, la igualdad de las personas y de los pueblos, y la democracia.
Este proceso autoritario no desconoce la estructura institucional, sino que la utiliza para sus fines que son contrarios a los principios e ideales humanistas de la civilización. Esta situación es muy grave para quienes pensamos que, la opción de adhesión al poder, que pretende ejercerse sin ningún control institucional, jamás podría reemplazar al reconocimiento consciente de la poderosa estructura moral que es la democracia, los instrumentos internacionales, así como los derechos humanos, todos ellos protegidos por una dogmática jurídica que tiene en el concepto del imperio de la ley, a una de sus ideas civilizatorias más relevantes.
En estos tiempos no ha dejado de presentarse en mis procesos de comprensión de las cosas el caso del Régimen de Vichy, que fue el gobierno instaurado en la Francia de los años nazis en el escenario de la Segunda Guerra Mundial por el mariscal Pétain, que cedió a los intereses del arrasador poder que se imponía en Europa y pretendía hacerlo en el mundo. Se eliminaron, constitucionalmente, instituciones fundamentales de la democracia parlamentaria, se suprimieron libertades y organizaciones políticas. Pétain sucumbió al poder y traicionó a Francia. La historia lo recuerda y condena por eso. Ese es el destino de quienes desconocen la democracia.
Con las diferencias y semejanzas entre lo actual y el ejemplo mencionado, mi criterio está, definitivamente, condicionado por los temas que analiza la Filosofía del Derecho, principal fuente de mi comprensión del valor de los principios e ideales que se institucionalizan jurídicamente. Creo que el faro civilizatorio que representan instituciones como la democracia y los derechos humanos, es el que debe guiar la convivencia de la humanidad y no el burdo poder del dinero y de la fuerza que hoy, como siempre, buscan imponerse. (O)










