Mi madre no cruzó el Darién, pero también conoció rutas imposibles. Fue hija de migrantes que cruzaron el Atlántico cuando viajar hacia otras tierras era jugarse la vida entre hambre, distancia y agua infinita. Venía de esos viajes antiguos en los que el mar podía ser promesa... o tumba.
Se llamaba María Dominga. Después, la vida –o quizá la rebeldía– la llevó a llamarse María Nelia. Como si al cambiarse el nombre pudiera también zurcir la herida que el abandono de su madre –Dominga– le produjo. Siendo solo una niña, tuvo que aprender demasiado pronto que crecer, a veces, significa dejar de ser hija y convertirse en refugio.
Fue la mayor de ocho hermanos. Tuvo la infancia breve de las mujeres pobres: esa niñez que no termina en juegos, sino en responsabilidades.
Descalza en el campo, aprendió a sostener el mundo con manos pequeñas. Fue a la escuela apenas un año. Pero aprendió a leer sola, como quien descubre una ventana secreta en mitad de la intemperie. Leía la Ilíada en su mesa de noche, dialogando quizás con otras guerras para entender mejor las propias. Escribía cuentos a escondidas, como quien guarda semillas. Uno se llamaba El amor no se quedó en la sopa y ganó un concurso. Nos enteramos por las noticias…
Crio a unas gemelas diminutas, con riesgo de muerte al nacer. Mi hermana y yo. Teníamos un hermano 7 años mayor. Poseía el extraño poder de transformar la necesidad en ternura. Lo hacía con gestos, no con palabras. Con cortinas nos hacía vestidos, tejía abrigos y en los inviernos intensos de Montevideo, cuando la casilla en la que vivíamos no lograba defendernos del frío, nos acostaba juntas y nos cubría con el colchón sobrante; calentaba ladrillos en un reverbero, lo envolvía en periódicos y los ponía en nuestros pies. Nos cosía la ropa al cuerpo para calentarnos mejor. Así resistíamos los sabañones que las heladas dejaban en los dedos.
Nos hizo tortas de cumpleaños, como si celebrar fuera también una forma de resistencia. Nos llevó al cine caminando largas distancias para enseñarnos, quizás sin saberlo, que, además de sobrevivir, también había que imaginar.
Luchó por agua, por luz, por dignidad en su barrio. Votó hasta los 92 años, porque entendía que la esperanza también se deposita en una urna. Un voto define una votación, decía. E hizo que le bajaran la urna para depositar su voto, porque unas escaleras no iban a impedirle ejercer su derecho. Pocos días después partía de este mundo.
Nunca nos resolvió la vida. No nos ayudaba con los deberes. Nos regaló algo más valioso: la convicción de que podríamos hacerlo. “Ustedes pueden”. Hoy comprendo que esa frase fue mucho más que un impulso. Fue una herencia. Una forma de amor. Un legado.
Por eso no busco a mi madre solo en el recuerdo, sino que la busco en mi interior, en la parte mía que es suya, en la parte de ella que cobijaba sus secretos, su autonomía, su enorme alegría de vivir, su manera de amar. No discutía: miraba, escuchaba, actuaba.
La busco para entenderla. Para agradecerle. Para descubrir que sigue aquí, incluso en su ausencia. Porque en la cadena de la vida que formamos, de algún modo profundo, luminoso e irrevocable... somos chispas de Dios, que es amor. (O)









