Esta semana he estado en varios encuentros. No los busqué; me fueron saliendo al paso, como si la vida quisiera recordarme algo que a veces olvidamos en esta ciudad tensa, vigilante, herida como Guayaquil.
Vi una pareja renovar sus promesas matrimoniales. No había espectáculo. Nadie necesitaba convencer a nadie. Había algo más fuerte: el tiempo. Un amor que ya no se exhibe, se habita. Se reconocían sin palabras, como quienes han atravesado tormentas y, en lugar de romperse, aprendieron a sostenerse. Había complicidad en miradas, una fidelidad que no necesita proclamarse porque se ha vuelto casa. “Amar de verdad no es envejecer juntos, sino seguir descubriéndonos eternamente, en la misma persona”, dijo el esposo.
En otro lugar, muy distinto, en el Guasmo sur, un grupo de niños y jóvenes hacía batucada. Golpeaban los tambores con una fuerza que venía de más lejos que sus manos. El joven que los dirigía parecía hacer uno con la fuerza telúrica de la tierra. Pensé en el hambre, el miedo, la violencia que ronda. Pero no era rabia lo que se escuchaba: era ritmo. Como si esos golpes encontraran, juntos, una forma de decir “Aquí estamos”. Allí el encuentro tenía el rostro de la resistencia compartida: maestros, amigos, vecinos, escuela, colegio…, una familia ampliada que sostiene. La música no negaba la dureza; la atravesaba y la transformaba en algo que podía ser vivido sin quebrarse.
También hubo cumpleaños. Sencillos, con ese gesto tan humano de reunirnos para decirle a alguien: “Tu vida nos importa. Tus 80 años son un don que agradecemos y cuidamos”.
Entonces entendí mejor lo que decía Facundo Cabral: “La vida es el arte del encuentro”. Así como la invitación del papa Francisco a construir una “cultura del encuentro”. No como consigna, sino como una práctica concreta: mirarnos, escucharnos, sostenernos.
Por eso, resulta inquietante que llamemos “encuentro” a lugares donde la vida se suspende. Pienso en la cárcel con ese nombre, que se asemeja más a los corredores de la muerte que a espacios de reintegración. Cuando las palabras se vacían, dejan de nombrar la realidad y empiezan a encubrirla. No todo lo que reúne cuerpos genera encuentro. El encuentro verdadero crea, abre, fecunda; no encierra.
Quizá porque el encuentro nace de la diferencia. Lo idéntico no se encuentra: se repite. Solo lo distinto puede sorprendernos, obligarnos a salir de nosotros mismos, engendrar algo nuevo. Amar no es fusionarse hasta perderse, sino reconocerse distintos y, aun así, elegirse. De ahí brota la vida.
En estos días comienza un feriado largo. Cuatro días que, ojalá, no sean solo descanso o evasión. Tal vez puedan ser ocasión para reencontrarnos con los otros, con la naturaleza, con ese espacio interior que tantas veces evitamos. No es poco, en tiempos de ruido y desconfianza, volver a mirarnos sin miedo.
He visto esta semana que, incluso en contextos duros, el encuentro sigue incubando esperanza, que se teje en lo pequeño, en lo compartido.
En una ciudad como Guayaquil, donde uno camina con el cuerpo en alerta y el alma en resguardo, encontrarse no es un detalle: es casi un acto de resistencia. (O)








