Hay escenas que se quedan grabadas. Recuerdo, en medio de la incertidumbre que dejó la pandemia del COVID-19, volver a ver la terminal terrestre de Guayaquil llena de vida. Niños, comerciantes, viajeros. Miradas de esperanza después de meses de silencio. En ese momento entendí que, incluso tras las crisis más duras, las personas siempre encuentran la forma de volver a empezar.
En 2021, como gerente de la terminal, decidimos reabrir para más de 100.000 usuarios diarios. No todos regresaron, pero quienes lo hicieron –especialmente las pequeñas familias de las islas comerciales– demostraron una resiliencia admirable.
Extendimos plazos de pago de arriendo y compartimos consejos financieros: evitar sobrendeudarse, cuidar inventarios, especialmente en feriados. Eran cumplidos y responsables, pero excluidos del sistema financiero formal, obligados a depender del chulco, con tasas que pueden superar el 200 % anual.
Desde entonces he insistido en la urgencia de la inclusión financiera. No es sostenible que 4 de cada 10 ecuatorianos accedan a crédito formal y que cerca de la mitad del mercado permanezca sin ser atendido.
El mundo ya tomó otra ruta. Países como Brasil, México, Colombia e Inglaterra se han subido con decisión a la ola de innovación digital, desarrollando ecosistemas fintech dinámicos que amplían el acceso al crédito mediante tecnología. Nubank o Revolut evidencian el potencial: millones de usuarios, modelos ágiles y una inclusión financiera real basada en datos en tiempo real.
Ecuador ha dado pasos con la ley fintech y regulaciones recientes, pero estamos rezagados. El desafío no es menor: un mercado no bancarizado, alta concentración de mercado en pocos, exceso de regulación y modelos de evaluación de riesgo que dejan fuera a miles de sujetos de crédito.
Aquí es donde la disrupción digital cobra sentido. Con mejores sistemas de scoring crediticio, uso de data alternativa y aplicaciones móviles, es posible evaluar a personas a partir de su comportamiento digital: pagos, consumos, interacción en plataformas para conocer su riesgo crediticio.
Al mismo tiempo, el chulco no puede seguir siendo la única alternativa. Su control y reducción es un tema económico y social. La inclusión financiera debe ser vista como una política pública prioritaria, que permita reemplazar esquemas informales por soluciones digitales accesibles, transparentes y sostenibles.
Ecuador tiene condiciones para avanzar y talento digital joven. Ejemplos como Kushki demuestran que sí es posible competir local e internacionalmente. Con visión y decisión, aumentaremos significativamente la profundidad del ratio crédito/PIB para transformar la economía nacional y reducir la pobreza y desigualdad.
La escena de la terminal dejará de ser solo un recuerdo de resiliencia para convertirse en el inicio de una nueva historia: la de un país que decidió subirse, a tiempo, a la ola de la innovación y construir un futuro más justo y lleno de oportunidades para todos mediante reformas a las normas de regulación, supervisión y control del ecosistema fintech. (O)








