A veces nos es imposible comprender la perversidad que se da de parte de quienes han sido definidos equivocadamente como Homo sapiens, expresión latina que significa ‘hombre sabio/inteligente’. O, quizás, la sabiduría o la inteligencia no tienen nada que hacer con lo que se denomina “humanidad”, o sea, la facultad para comprender, sentir afecto y demostrar solidaridad con otras personas, porque las luchas fratricidas, las guerras entre unos y otros “sapiens” se han dado, probablemente, desde que estos empezaron a poblar el mundo, para desgracia del resto de la naturaleza, sea por riquezas, poderíos o territorios, y arrasan con todo y contra todo, sin compasión alguna porque carecen de ella. El hombre ha utilizado siempre su ingenio para perfeccionar las armas de destrucción contra los más débiles.
Al inicio, en la etapa de la prehistoria, según investigaciones, estas consistían en lanzas de piedra y de madera que servían para la caza y la defensa personal, a las cuales se les envenenaba la punta. Se afirma que, en el siglo X, los chinos inventaron la pólvora y crearon las “lanzas de fuego” en los siglos X y XI, que luego se convirtieron en cañones y mosquetes. Estos últimos se utilizaron entre los siglos XVI y XIX. Después, se sustituyó el bambú por el metal y se empezaron a utilizar proyectiles ligeros. En el siglo XVI surgieron las primeras armas de fuego portátiles. Pero, desafortunadamente, la sed del “sapiens” por matar mayor número de personas, de un solo golpe, fue creciendo. Así se inventaron en el siglo pasado las de destrucción masiva (nucleares, biológicas y químicas), habiéndose empleado los gases venenosos en la Primera Guerra Mundial (de 1914 a 1918). De ahí, pasamos a la llamada era nuclear, en 1945, con la destrucción de Hiroshima y Nagasaki. Las sombras de los cuerpos de las víctimas quedaron impregnadas en calles, muros y paredes de aquellas ciudades, mudos testigos de la barbarie. Posteriormente, en la llamada Guerra Fría se produjo una carrera armamentística entre EE. UU. y la Unión Soviética. Hoy, los países fabricantes de armas nucleares son Rusia, EE. UU., China, Francia, Reino Unido, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte.
No sería raro que haya otras “herramientas” de exterminio colectivo que no vemos como tales.
Del otro lado, de los 8.300 millones de habitantes del planeta, se prevé que más de 318 millones enfrenten inseguridad alimentaria aguda o “hambre crisis” en 2026, según el PMA. Las guerras causan daños irreversibles, de todo orden, en todas partes, y unos son más afectados que otros. No se piensa en los efectos colaterales, incluidos los económicos, históricos y artísticos. Tampoco importa la destrucción de las grandes riquezas arqueológicas.
Y asombra más la falta de reacción. ¡Cuántos miles de muertos por causa de las guerras! ¡Cuántas familias destrozadas, cuántas vidas cortadas cuando apenas empiezan! ¡Cuánta gente desplazada y despojada de sus hogares! ¡Cuánto sufrimiento! ¡Cuántas lágrimas derramadas hasta que los ojos quedan secos para siempre! Y la gente sigue muriendo en las áreas afectadas por los combates.
¡No debemos seguir impávidos ante tanta deshumanización! (O)










