En esta semana, cuando se celebra a la lengua española y al libro, vale meditar sobre nuestra poderosa herramienta de comunicación, desde su calidad de andamio del pensamiento hasta de su presencia en el gorjeo infantil. Somos idioma en todas las facetas de la vida, y mientras más crece dentro de nuestras entendederas, así como los libros en nuestras perchas, más capaces somos de pensar y de decir.

Hay palabras de nuestro idioma que se usan en España y que por aquí o no se oyen o pegan en los ojos como logros de literatura: la del título es una de ellas, junto a su sinónima, desopilante. Nosotros tenemos la culta desternillante (muy lógica porque alude a que el esfuerzo de reír puede romper las ternillas, que son cartílagos de la mandíbula). En las tres –y si quieren, una cuarta, tronchante– va la alusión a los resultados extremos de la risa. No soy amiga, en cambio, de aludir a los efectos fisiológicos del acto de reír, que ha sacado de retrete la palabra de su uso más íntimo.

Lo cierto es que nos reímos en una gama que va de lo meramente digno de una sonrisa hasta de esas explosiones que descontrolan el cuerpo. Y mucho parece indicar que es bueno, porque nos lo aconsejan psicólogos y amigos, o vamos buscando la ocasión que nos haga prorrumpir en carcajadas. Yo veo que somos poco exigentes con los motivos –esas obrillas de teatro que buscan el humor con recursos baratos– o, tal vez, estamos tan necesitados de ese desahogo que bajamos los quilates del hecho o frase humorísticos (decir palabrotas en escena todavía es premiado con alguna altisonancia del público).

Por esa vía entiendo mejor que estemos inclinados a reuniones donde volvemos a contar las anécdotas del colegio,

o aquellas que, por el tiempo de amistad con los integrantes del grupo, ya hemos oído. Nuestro presente es mezquino en razones para reír, pero generosísimo en causas de pena o disgusto. Yo ya estoy en una edad en que digo y oigo achaques de salud que, de manera espontánea, soltamos delante del prójimo frente a la protocolaria pregunta “¿Cómo estás?”. Estoy segura de que la interrogación no busca la descripción minuciosa de malestares y sus tratamientos, pero estos se imponen.

Era Juan Montalvo quien defendía el buen insulto como una obra de ingenio lingüístico y la practicaba. Con el tiempo, la oposición política se hizo un desborde de vulgaridades que no vale la pena recordar, y poca evocación se hace de personajes públicos que hayan destacado por su elocuencia. Recuerdo el culto a los concursos de oratoria de los colegios en el pasado. Parece que tales “destrezas” se las llevó el río del tiempo.

Verdad es que expresarse con corrección, efectividad y hasta con humor eran aspiraciones de ciertas metas educativas y profesionales. Es fácil identificar a quien adorna su conversación con esas cualidades que, en el caso de personas con lecturas, resultan casi espontáneas. La enciclopedia personal, como diría Umberto Eco, pone en los labios las referencias adecuadas en el momento adecuado, para que la elocución sea agradable de escuchar. Mucho mejor si, en la oportunidad precisa, es descacharrante. (O)