El libro que responde a tan curioso título acaba de ganar en Madrid el premio AENA a la Narrativa Hispanoamericana, que entrega un millón de euros. Ya no se trata de una editorial –que ajustará números de venta y promoción luego de semejante cantidad– sino de una empresa, la Red Española de Aeropuertos, que decidió impulsar de esa manera la creación literaria. De los cinco finalistas, con un libro publicado en 2025, resultó ganador el de la argentina Samanta Schweblin.

Disparadas las críticas en todos los sentidos, yo prefiero refrescar mis ideas sobre la colección que leí el año pasado y tratar de entender las razones del jurado para la premiación. No ganó porque la autora es mujer, porque está publicado por una gran transnacional del libro, porque se está mimando al público lector latinoamericano, que es mayor que el español. Ganó porque se trata de una excelente colección de seis cuentos, de esos que dan ganas de volver a leer cuando se los termina.

Ya veníamos de conocerla (luego de dirigir una mesa en los tiempos guayaquileños de la Expolibro), de seguir su formidable presencia con Pájaros en la boca (2009), que empezó a abrir camino en territorios de lo extraño que cabía en una historia precisa –una muchacha que ingiere pajarillos que trinan en su jardín–; Siete casas vacías (2015), con escenas de cierto costumbrismo de horror. Muchos premios engalanan su hoja de vida; por eso, no debe llamarnos la atención este galardón cumbre que le permitirá, como ella esperaba de joven, tener un sueldo mensual durante toda la vida.

Ingresar en un libro de Schweblin exige prepararnos para las sorpresas (el lento hundimiento en el agua de una mujer que parece una exploración, en realidad, es un intento de suicidio), para movernos entre hechos que parecen cotidianos –una llamada telefónica, un conejo que corretea por la casa, una anciana que pide monedas para el metro– y que siempre derivarán a situaciones insólitas. Es como narrar desde la médula de la vida, de aquello invisible que late dentro de las personas y las cosas. El dominio del cuento los hace fluir con naturalidad, cuando son vehículos de lo excepcional.

La concentrada factura de ellos –siempre hay que nombrar a Alice Munro cuando se nombra este género– lleva a la autora a crear personajes con rasgos mencionados al vuelo: un marido solamente es “él” y anda por casa con el móvil en la mano; otro es nada más presencia, a través del teléfono. No hay descripciones físicas, preferentemente conductas y deseos reprimidos de las narradoras. Importan los animales y los olores, mientras los espacios pueden ser tan distantes entre sí como Buenos Aires, Shanghái y Lyon.

Mi cuento favorito se llama Un animal fabuloso y narra una especie de alteridad entre un niño y un caballo, desarrollada por la voz fantasiosa de una criatura de 7 años ante la amiga de su madre que cuenta la historia a base de recuerdos, creando una cadena de imágenes de lo que pudo haber pasado 20 años antes y lo que podría hacerse hoy. Sé que quienes gustan de narraciones totales, con principio, medio y fin, se impacientan frente a las sugerencias de las historias breves, esas que parecen inconclusas porque exigen las apuestas del lector. De esas escritoras es Samanta. Formidable. (O)