Comenzó en 1967, cuando se descubrieron vastos yacimientos en Lago Agrio y se dieron las primeras concesiones al Consorcio Texaco-Gulf para las actividades de exploración y perforación. Se puede asumir que el verdadero inicio fue en mayo de 1972, cuando se exportaron los primeros embarques y Rodríguez Lara pudo pasearse encima de un camello, portando un simbólico barril y celebrando el próximo ingreso del Ecuador a la OPEP.
Han transcurrido 54 años. Se han exportado 5.500 millones de barriles de petróleo, que le han generado cuantiosos ingresos al Estado ecuatoriano, $125.000 millones netos para financiar sus presupuestos. Esa participación fue mucho más importante y significativa en las primeras décadas, por el tamaño de la economía, que era más pequeña y más dependiente de ese único rubro.
La mayor parte de esa súbita riqueza, con pena nos toca reconocer, se ha desaprovechado en gran parte en ineficiencias permanentes, excesivo gasto gubernamental, abusos en contratos colectivos, exageradas e injustas prebendas y una grandísima pérdida en la corrupción de todo tipo. Sería una gran contribución que alguien intentara hacer un trabajo de investigación, descomponer y precisar los destinos de esa enorme riqueza.
No obstante, el pueblo ecuatoriano sí se benefició, con combustibles baratos subsidiados, se construyeron planes masivos de vivienda, algunas carreteras, grandes hidroeléctricas que nos han permitido industrializar muchas actividades y contar con energía barata y abundante por buenos periodos; a su vez, hemos construido una red de puertos que han sido la base para nuestras exportaciones durante estas últimas cinco décadas.
No obstante, la política petrolera ha sido errática. Nuestros Gobiernos, demagógicos la mayoría, no han apreciado la colaboración de las grandes empresas transnacionales, que hicieron posible la explotación de esta riqueza. Solo ellas, con sus ingentes capitales, con la disponibilidad de sus avanzadas tecnologías, con la construcción e inversión en los oleoductos nos permitieron usufructuar de esta riqueza.
Por décadas no se han incorporado nuevos campos, hemos simplemente explotado los descubiertos en los primeros años. Las reservas probadas que nos quedan son insuficientes, apenas 500 millones de barriles. El peor error ha sido no respetarles los plazos y condiciones, minimizarles las ganancias y participaciones, hasta prácticamente desaparecerlas, en vez de haber negociado y consensuado su presencia y permanencia. El colmo inexcusable fue haber consultado y decidido interrumpir la explotación del Yasuní.
Se entregó la administración de la riqueza petrolera a Petroecuador, que ha sido ineficiente, al punto de no tener cuentas ni balances auditados que mostrar. Fracasó con el gas del golfo y fue incapaz de ampliar reservas, además del gas que desperdician y queman en cada pozo en el Oriente.
Carlos Julio Arosemena Monroy repetía que “Ietel debía desaparecer para que la patria viva”. Yo añado “que Petroecuador deje de existir para que la riqueza petrolera ecuatoriana prevalezca”. (O)










