Actualmente, a través de todos los medios recibimos demasiadas noticias sobre salud y medicina, situación que el internet y la “inteligencia” artificial agravan en proporción geométrica. Para quienes no somos profesionales de la salud es difícil de digerir este exceso. La información que nos proporcionan no se ha seleccionado por su veracidad o utilidad y nos llega una avalancha de textos e imágenes que contienen ideas y consejos verdaderos y útiles, pero también otros falsos, inútiles y hasta dañinos. Este asunto interesa a todo el mundo, tiene una gran popularidad y se entiende, ya que en él están implicados la salud y la vida de todos. Pero no todos tienen suficiente conocimientos y criterio para distinguir la información calificada de la charlatanería, del error e incluso de la mala fe.
Siendo un tema del que hablamos todos, se genera una vasta oferta de ideas de segunda mano, que corren de boca en boca... “me dijeron”, “oí en la radio”, “salió en la tele” y otras son las fuentes de las que manan versiones degradadas que diagnostican toda clase de males y sugieren los más inverosímiles remedios. Más allá, en la mente de nuestra población subyacen nociones mágicas y supersticiosas, provenientes del acervo mitológico prehispánico y también de la visión medieval de los conquistadores. Pero no se atribuya a nuestro subdesarrollo estas tendencias, es un problema mundial que no esquiva a las naciones más tecnologizadas.
Una importante fracción de la publicidad, y aun de los contenidos en los medios tiene como objetivo la promoción comercial de tratamientos, medicamentos, nutrientes, paliativos y un sinfín de posibilidades similares, que se mueven en ese gran espacio gris de la venta sin receta de un facultativo titulado. De estos, una porción significativa viene avalada por monitores de las pseudociencias, disciplinas o saberes que no cumplen las condiciones que exige la verdadera ciencia médica para recomendar una terapia de cualquier tipo. Las soluciones que propone la medicina racional son difíciles de entender para los legos, especialmente en el caso de químicos complejos, cuyo desarrollo experimental ha demandado años e ingentes recursos. Además, estos fármacos suelen ser costosos por desgracia. Entonces se recurre a esos recursos que sirven solo si se toman “con mucha fe”.
¿Cómo arreglamos este desorden? Nunca pediría una censura publicitaria con pretexto de control, que por lo demás será ineficaz. Ataquemos la raíz del 7: la falta de hábitos de pensamiento racional en la población. Hay que introducir principios de lógica, teorías del conocimiento y de la ciencia en la educación, sin sobrecargar los pénsum creando nuevas materias sino, como dicen, transversalizando estas ideas en los contenidos generales. Así aprenderemos cosas tan sencillas y evidentes como que menos nunca puede ser más, para qué sirven los experimentos y que las vacunas no las inventó una conspiración. Este es un plan a largo plazo, mientras tanto, como reparación hay que difundir la información que publican medios autorizados y serios, convencionales y digitales. Los comunicadores tenemos una importante tarea en este sentido. (O)










