Los miembros de la casi centenaria Corporación Cultural América pudimos visitar el depósito de la reserva del Museo Nacional, MUNA, gracias a la autorización que nos facilitó la viceministra de Cultura, Romina Muñoz, quien nos acompañó en el evento, juntamente con el personal asignado a la entidad. Se entienden las precauciones en la admisión e ingreso, dado que custodian bienes de incuantificable valor.
Lo visto superó con creces toda expectativa. Una mañana es poco para hacerse una idea medianamente informada de estas colecciones que reúnen varias decenas de miles de objetos, pero es tal su riqueza que esta diminuta degustación deja una sensación de provechosa saciedad y ansia de una nueva oportunidad.
Alcanzamos a visitar solo dos fondos, el primero es el bibliográfico, que guarda las bibliotecas de intelectuales, como Jacinto Jijón y Caamaño, Carlos Manuel Larrea e Isaac J. Barrera, entre otros. Para celebrar el Día del Libro, escogido por la coincidencia de la muerte en la misma fecha del Inca Garcilaso, Cervantes y Shakespeare, habían montado una exposición que se abría con ejemplares centenarios de las obras de estos tres gigantes.
Luego vimos el primer libro ecuatoriano, publicado en Hambati (sic), y el que probablemente es el más antiguo que hay en el Ecuador. Y atlas, ediciones príncipes, incunables miniados con pan de oro, tomos de valía histórica, hasta preciosos libros objeto editados en este siglo. ¡Peligrosa visita para este bibliómano, al borde del infarto entre las exuberantes estanterías!
Siguió el espectacular fondo arqueológico.
Cincuenta millares de piezas, 13.000 años de historia. Siempre la cerámica prehistórica ecuatoriana me llena de orgullo, qué cosas tan bien trabajadas, qué creatividad, qué inteligencia, obras que demuestran una cultura exquisita, plena de ideas y originalidad. Sin duda de ahí viene la excelencia de la plástica nacional. Los metales fueron el plato fuerte, allí brillaba el “sol” de La Tolita. Decían que se lo habían robado, que lo vendieron para pagar deuda, mentiras, pura mala fe, allí está, espléndido, junto a la tan inquietante máscara con ojos de platino. Los conocí cuando estaban exhibidos en el Banco Central, pero verlos a tan corta distancia estremece hasta el pavor.
Claro que es lamentable que este océano de cultura y memoria esté en una casi hermética reserva, fuera de la vista de sus propietarios que son todos los ecuatorianos. Décadas de errores e incuria en la política... iba a decir en la “política cultural”, tal cosa no ha existido. Pero, como nos informó la subsecretaria Muñoz, el actual Gobierno ha iniciado el proceso para poner fin a esta insufrible situación y se dispone a dar un gran paso adelante con la construcción de la sede propia del Museo Nacional, que se edificará con el volumen y el profesionalismo que una obra de ese fuste demanda. No hay que dar oídos a los eternos miserables que empezarán a lloriquear diciendo “que se está gastando mucho en cultura”. Hay que preservar dignamente los bienes culturales que constituyen la reserva moral de la nación, entiéndase moral en el sentido del conjunto de las facultades del espíritu. Cualquier prosperidad no tendrá sentido si no sabemos quiénes somos. (O)











