En un proceso que va como imparable aplanadora, la Corte Suprema de los Estados Unidos acaba de tumbar uno de los pilares más importantes para garantizar la equidad y el acceso al sufragio: la Ley del Derecho al Voto de 1965, lograda solo gracias a la movilización, sacrificio de miles de afroestadounidenses, el más conocido de ellos, Martin Luther King Jr. En una decisión de seis contra tres, eliminaron la sección que prohibía la reorganización de distritos para corregir discriminación racial estructural, argumentando que esto mismo es un acto de discriminación, pero contra los blancos. Es el último eslabón en la cadena, porque las restricciones al derecho de elegir y ser elegido fueron repelidas hace un par de años y la que garantizaba protección federal contra estas prácticas, en estados con una historia de segregación racial, fue eliminada en el 2013.

Todo esto, escasamente discutido por la opinión pública estadounidense. Las restricciones electorales no habrían podido suceder si no hubiera tanta desinformación, censura y autocensura. Y no, no es el apresamiento o enjuiciamiento a gran escala propio de los regímenes protoestalinistas del pasado no tan lejano. La foto de todos los tecnobillonarios que asistieron a la posesión de Donald Trump no fue un meme, sino un anuncio público de esa estrategia gris de usarlos para comprar y silenciar prensa profesional. Todos los que estuvieron en esa foto han jugado papeles significativos en el retroceso de la libertad de prensa del país más poderoso del planeta. Y es que a Trump no le basta Foxnews, que es prácticamente su canal oficial. Está obsesionado por controlarlo todo. Está el juicio del presidente al programa de investigación periodística estrella de los Estados Unidos, 60 minutos. Una estrategia para forzar la toma del control del canal que lo producía, CBS. Esta cadena, así como CNN serán pronto parte del conglomerado de Paramount-Warner Bros. manejado por David Ellison, dueño de Oracle. A nadie sorprende que sus periodistas estrella están haciendo méritos para no ser parte del despido masivo, como ya pasó en CBS y en The Washington Post de Jeff Bezzos, parte de esa postal originaria. Más grave todavía es el control sobre la gran mayoría de televisoras, diarios y radios locales a través de Nexter y Tegna, porque son las principales fuentes de información fuera de las metrópolis.

Pero lo que más ha consolidado este ecosistema de asesinar democracias es el ascenso de los tristemente célebres “creadores de contenido” en redes sociales y pódcast, siendo Joe Rogan el principal de ellos. Un batallón de ignoramus que creen saber más del mundo que los mismos expertos están decidiendo la agenda y las elecciones. Muy poca gente sabe que la mayoría de ellos están financiados abierta o solapadamente por los mismos tecnobillonarios de los que hablamos al principio.

En suma: el trumpismo aprendió la receta autoritaria por excelencia: controlar la justicia, la prensa y las elecciones. Cualquier parecido con nuestra realidad es franquicia, no coincidencia. No están manufacturando consenso, lo están comprando y el mundo entero pagará las consecuencias. (O)