Hace pocos días estuve en un directorio con un grupo de empresarios. La conversación habría parecido futurista hace apenas cinco años. Hablábamos de agentes virtuales que ya reemplazan tareas operativas, de organigramas híbridos donde conviven personas y sistemas inteligentes, de flujos de trabajo automatizados y de herramientas que no solo apoyan decisiones, sino que también empiezan a modelarlas.

La inteligencia artificial (IA) está dejando de ser un producto de consumo para convertirse en un activo directamente vinculado a los resultados, a la estructura organizacional y a la productividad. Hoy ya incide en la rentabilidad.

No es una impresión aislada. El World Economic Forum reporta que el 86 % de los empleadores espera que la IA y el procesamiento de información transformen su negocio hacia 2030, y que el 39 % de las habilidades clave del mercado laboral cambiarán en ese mismo periodo. McKinsey estima que la IA generativa podría añadir entre 2,6 y 4,4 billones de dólares anuales a la economía global. La creación de valor se está acelerando a una velocidad inédita.

No sería la primera vez que ocurre algo así. La imprenta, la industrialización y, en general, las tecnologías disruptivas han redefinido históricamente la forma en que se crea valor, mucho antes de que las estructuras institucionales lograran adaptarse. Hoy estamos viviendo uno de esos momentos. Mientras los CEO rediseñan procesos, estructuras y capacidades para competir en una economía distinta, las normas que regulan el trabajo siguen ancladas en una lógica industrial, con énfasis en la presencialidad obligatoria y en relaciones laborales rígidas.

Cada vez que el poder tarda en comprender cómo se crea valor en su tiempo, se abre una brecha entre la realidad productiva y la arquitectura normativa.

El trabajo está cambiando de naturaleza. Es cada vez más intelectual y menos material. Es más colaborativo, más global y también más algorítmico: decisiones apoyadas en datos, procesos guiados por modelos y productividad multiplicada por inteligencia artificial. Esto no implica la desaparición del trabajo, sino su transformación. Surgen nuevas funciones, mientras otras dejan de tener sentido.

No se trata de eliminar protecciones ni de sacrificar derechos. Se trata de contextualizarlos al mundo de hoy. Las reglas no son neutrales: crean incentivos, reducen incertidumbre y determinan cuánto valor puede generarse en una sociedad.

Por eso, el Día del Trabajo no debería ser solo una fecha para defender lo conquistado, sino también una oportunidad para repensar el trabajo que viene. Porque si no actualizamos nuestras normas y nuestra forma de entender la productividad, corremos el riesgo de proteger un mundo que ya está desapareciendo en lugar de preparar el que ya está naciendo.

Este es un mensaje directo para quienes, desde su liderazgo, toman decisiones que impactan el rumbo de sus organizaciones y del país. La estrategia, al final, es cómo se piensa y cómo se decide. Y hoy, decidir bien es entender el mundo que ya cambió. (O)