En sus orígenes, el latín llamaba grandis a aquello que superaba lo ordinario. Hoy, la búsqueda de grandeza se ha vuelto un desafío. Aparece cuando el presente es insatisfactorio y el futuro se vuelve incierto, o cuando las ambiciones son más fuertes que la realidad. Ahí, la grandeza deja de ser una promesa sin respaldo y se torna en un imperativo.
Donald Trump la posicionó con su ‘Make America Great Again’, instalando una narrativa sobre poder, identidad y futuro: el poder entendido como la capacidad de decidir y actuar con impacto; la identidad como el sentido de pertenencia y orgullo colectivo; y el futuro como la promesa de recuperar un rumbo que muchos sentían perdido. Desde entonces, medios estadounidenses la han incluido en sus artículos y portadas. Pero la grandeza como parte del discurso de líderes políticos existía mucho antes.
Churchill la vivió cuando nadie creía que Inglaterra podía resistir. De Gaulle la encarnó cuando Francia había perdido hasta el derecho de creer en sí misma. Roosevelt la construyó cuando el sistema económico más poderoso del mundo se había derrumbado. Los tres coincidían en algo esencial: la grandeza no es un Estado que se hereda, es una decisión que se sostiene. Ahí está la clave. Muchos la aspiran, pocos dan el paso.
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La grandeza no se pierde por falta de ambición, se pierde por falta de consistencia. Aristóteles la vinculó con aspirar a lo más alto con virtud. Marco Aurelio, con el dominio interior. Viktor Frankl, con la capacidad de elegir cómo responder incluso en la adversidad. En todos hay una misma convicción: la grandeza es una expresión del carácter.
Ecuador lo sabe, ya lo ha vivido. La paz con el Perú se dio al entender que era clave para un futuro de prosperidad. La dolarización tampoco fue un golpe de suerte: fue una decisión radical, tomada en medio de una crisis que exigió disciplina institucional durante décadas para rendir frutos. Y cinco clasificaciones consecutivas al Mundial no nacieron de la improvisación, sino de decisiones sostenidas, procesos respetados y una generación que aprendió a competir a otro nivel.
Yo lo viví de cerca. En el gobierno de Gustavo Noboa impulsamos una agenda nacional de competitividad con una convicción que hoy me sigue pareciendo válida: que Ecuador podía en ese momento tomar como modelo a Corea del Sur y construir desde ahí su propio camino. Era una apuesta seria, impulsada por un equipo que creíamos en la grandeza de nuestro país. Circunstancias que no controlábamos la truncaron. Pero la visión no estaba equivocada, sino adelantada.
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La grandeza tiene una doctrina propia: no es un momento sino una decisión que se sostiene; no se pierde por falta de ambición sino por falta de consistencia; exige enfoque cuando todo invita a dispersarse, carácter cuando la presión empuja hacia lo cómodo, y disposición de renunciar a lo fácil para asumir lo que corresponde.
Hablar de grandeza hoy es una decisión. Es entender que, en los momentos cruciales que vivimos, el futuro de un país se define por el nivel de grandeza que estemos dispuestos a asumir: como sociedad y como individuos. La pregunta no es si somos capaces. La pregunta es si estamos dispuestos. (O)


















