La aplastante derrota de Viktor Orbán marca un hito histórico, tanto dentro de Hungría como fuera de ella. Sus más importantes padrinos internacionales, Trump con su movimiento MAGA, y el régimen de Vladimir Putin, han sufrido con esta derrota un golpe severo, pues han perdido un aliado clave en su campaña de debilitar la Unión Europea. De igual forma, los movimientos de extrema derecha a lo largo del planeta han sido afectados. Y es que el Gobierno de Orbán se constituyó en un referente vivo de ese prototipo de regímenes que se los ha dado en conocer recientemente como “regímenes iliberales” o “autocracias competitivas” o “neofascismos” o “dictaduras del siglo XXI”. Se trata de Gobiernos que llegan al poder por vías electorales, pero una vez elegidos lo ejercen de manera dictatorial. Es decir, destruyen al propio sistema que les permitió ganar.
Es lo que hizo Orbán y otros como él. Elegido hace 16 años, Orbán comenzó a triturar las instituciones democráticas abusando y concentrando el poder de forma consistente. El patrón que siguió Orbán es similar al de otros regímenes de su especie. Comenzó tomando control de los organismos electorales, lo que le permitió manipular a su favor las elecciones subsiguientes a su primera elección. Luego absorbió la oficina de auditoría pública, así como la corte constitucional, los organismos de control, la Fiscalía, y al sistema judicial. Todo ello le permitió asfixiar a los medios de comunicación y acosar a la oposición. El principio de separación de poderes fue demolido.
No es una coincidencia que en sus primeras declaraciones de prensa, recogidas por Financial Times, el ganador de las elecciones, Péter Maygar, anunció que pediría la renuncia de sus cargos a las autoridades electorales, al fiscal, al contralor, a la corte constitucional, y otros altos funcionarios del Estado, evitándole así al nuevo gobierno y, en general, al país, el traumatizante episodio de iniciar sendos enjuiciamientos políticos contra ellos. Y es que para el derechista Orbán apropiarse de los mencionados órganos estatales fue esencial para su proyecto, tal como lo ha sido para los líderes de este tipo de regímenes en otras naciones. Como resultado de la concentración de poder, la degradación del Estado de derecho y el debilitamiento de las instituciones judiciales y de control, el Gobierno de Orbán alcanzó niveles de corrupción impresionantes. Transparencia Internacional lo ubica como el país más corrupto de Europa.
La derrota de Orbán desdice esa imagen de pesimismo que flota en muchas partes sobre la inevitabilidad de este tipo de regímenes, líderes populistas que llegan al poder por la vía electoral y luego arrasan a la democracia que hizo posible su triunfo. Es un potente mensaje a un mundo cada vez más dominado por gobiernos autoritarios, ya sean de derecha o de izquierda. En el caso de Hungría hubo un acuerdo de todas las tiendas políticas, incluyendo al Partido Socialista, de apoyar solo a Maygar en las elecciones, quien curiosamente no es un líder de izquierda sino de centro derecha, bajo una plataforma común. El resultado fue espectacular: rebasó los dos tercios del Parlamento. Las calles de Budapest fueron invadidas de júbilo. Sí, se fue Orbán, pero luego de haber infligido un daño profundo a la sociedad húngara. (O)









