Preguntan cada vez más analistas, comunicadores y gente de a pie en todo el mundo, pero también en Estados Unidos. La ominosa duda parece escrita en el horizonte y crecen los que responden afirmativamente a ella. No solo los opositores al presidente Trump se dejan llevar por esta tendencia, no solamente los wokis y los eternos detractores del establecimiento americano, sino también los moderados. Los seguidores de las vertientes serias del libertarismo, que nunca fueron entusiastas de las políticas del mandatario, también se muestran escépticos. Solo los fanáticos, aquellos que creen que se está realizando la propuesta del acrónimo MAGA (Make America great again, o sea, “Hagamos a América grande de nuevo”) se muestran ufanos y acompañan la proclama de su líder que afirma haber logrado una “gran victoria” en Medio Oriente. Pero ese entusiasmo tiene cada vez menos fundamento y no resiste un análisis contrastado con los hechos. A los que alguien no sectario puede responder: “En todo caso, no ganamos”.

Nadie en este siglo va a suscribir una idea como la del filósofo alemán Nietzsche, quien sostenía que no hay guerras justas, sino que la “santa guerra vuelve justas todas causas”. Solo podría hacerlo algún belicista demente o un traficante de armas. La guerra nunca es “buena”; siempre es destructiva y homicida, pero puede ser “necesaria” si se emprende con objetivos legítimos. La Unión Americana se lanzó al ataque con el propósito de quitar el poder a una dictadura brutal y de evitar que los perversos ayatolas fabricasen un arma nuclear. Estas eran, subrayemos, las metas de Trump; eso decía, palabras más, palabras menos. Pero esas aspiraciones no se han conseguido, no se ha triunfado todavía y, lo que es peor, parece cada vez más difícil llegar a ese punto. El cese al fuego, logrado trabajosamente, se ve más como un recurso desesperado de la gran potencia, que no parece capaz de seguir adelante, que como la generosa disposición de un triunfador, que permite a su adversario derrotado ceder por las buenas.

Pero han surgido noticias todavía menos halagüeñas. Según el conservador Washington Post, el análisis de fotografías satelitales revela que la reacción de Irán fue mucho más destructiva de lo que se ha admitido. Más de 200 objetivos militares americanos fueron alcanzados en Arabia Saudita, Baréin, Emiratos Árabes, Jordania, Catar y Kuwait. De otro centenar el personal ha tenido que ser evacuado por considerarse peligrosos. Siete militares murieron y 300 sufrieron heridas de distinto grado. Y para colmo, la CIA ha establecido que los persas todavía tienen operativo el 70 % de sus misiles y lanzadores. ¿De qué victoria estamos hablando?

Las guerras que se ganan son justas. Este es un corolario a la tesis que sostiene que las guerras las escriben los vencedores, que siempre sostendrán que sus propósitos fueron éticos. Pero en la actualidad esta idea tiene que ser reajustada. Gana el bando que tras el conflicto bélico conserva un mayor poder comunicacional o lo que es casi lo mismo, pero no lo mismo, más influencia mediática. El problema es que esta verdad de papel, en algún momento, se estrella contra la dura materialidad de la guerra. (O)