La primera víctima de una guerra es la verdad, se repite desde hace décadas con solemnidad casi litúrgica. Pero en Gaza ya no basta esa frase. Aquí la verdad no solo muere: es triturada, editada en vertical, subtitulada con rabia y lanzada a las redes para circular como munición emocional. La guerra entra al teléfono antes que al juicio. Y cuando llega al juicio, casi siempre arriba maquillada por algún aparato de propaganda.
Ese es el drama de fondo. En una guerra con acceso independiente muy restringido, con periodistas locales trabajando bajo riesgo extremo y con redacciones globales cada vez más pobres, cansadas y subordinadas a la economía del clic, la información deja de comportarse como conocimiento y empieza a comportarse como proyectil. Cada imagen parece definitiva. Cada video viene acompañado de una sentencia. Cada bando ofrece su versión con la seguridad de una religión ofendida.
El caso del hospital Al-Shifa resume esta tragedia. Hubo y hay elementos serios para sostener que Hamás utilizó partes del complejo hospitalario con fines militares. La inteligencia estadounidense respaldó públicamente esa tesis. Negarlo por reflejo ideológico no es periodismo: es devoción. Pero convertir esa evidencia parcial en certificado automático de todo el relato israelí tampoco es periodismo: es pereza con uniforme.
Porque una cosa es admitir que un hospital pudo haber sido usado ilegalmente por un grupo armado, y otra aceptar sin examen cada afirmación sobre la magnitud, profundidad o centralidad de ese uso. Allí muchos medios se desbarrancaron. Unos porque repitieron con entusiasmo narrativas militares todavía no demostradas del todo. Otros porque trataron cualquier dato incómodo sobre Hamás como si fuera propaganda sionista. Dos fanatismos enfrentados. La verdad, en medio, con respiración asistida.
Algo parecido ocurrió con las muertes de periodistas. El Comité para la Protección de los Periodistas documentó una cifra récord de trabajadores de medios asesinados y atribuyó a Israel dos tercios de esos casos en 2025. Israel responde que varios de ellos eran militantes de Hamás o de la yihad islámica que operaban bajo cobertura periodística. Esa controversia existe y debe ser mencionada. Pero también debe decirse algo esencial: en varios de los casos más notorios, esas imputaciones no fueron acompañadas de evidencia verificable de manera independiente, y organizaciones de prensa y medios internacionales las rechazaron.
La lección es incómoda, pero necesaria: en la guerra contemporánea ya no basta con equilibrar versiones. El periodismo serio debe distinguir entre indicio, alegato, evidencia parcial y hecho probado. Debe soportar la impopularidad de escribir “No está claro”, “No ha podido verificarse” o “Esto proviene de una fuente interesada”. Suena poco heroico. Pero hoy esa modestia metodológica se parece mucho al coraje.
También por eso el episodio de las niñas iraníes muertas en una escuela importa. Primero circularon las imágenes, luego la condena automática y después la investigación. Otra vez la misma coreografía miserable: primero el dolor como contenido viral, luego la pesquisa tratando de alcanzar al algoritmo. La verdad llega tarde, despeinada y sin departamento de marketing.
La guerra de Gaza ha revelado así una crisis más amplia: la de un periodismo que, asfixiado por las redes, la precariedad y la competencia por atención, corre el riesgo de convertirse en una trinchera más. Y si eso ocurre, ya no informará sobre la guerra. Solo combatirá en ella con mejores adjetivos. Lo grave es que esa degradación no confunde al lector: protege a los poderosos. Cuando parece dudoso, el crimen se vuelve discutible; la evidencia, negociable; y la compasión, una sucursal del bando. Nada conviene más a una guerra que una verdad añicos. (O)