El pasado jueves 14 de mayo, el presidente estadounidense, Donald Trump, fue recibido con el ceremonial del caso en el Gran Salón del Pueblo en Pekín por el líder chino, Xi Jinping.
Los dos gobernantes, al estrecharse las manos, fueron más allá de la escenografía formal, con gestos de cordialidad en los rostros y en el propio apretón.
Xi Jinping intervino primero e hizo alusión al síndrome, que se acusa puede darse entre potencias, que se conoce como la trampa de Tucídides, quien fue un militar ateniense que el año 424 a. C., durante la guerra
del Peloponeso (431 a. C. - 404 a. C.) fue ascendido a general y al fracasar en la defensa de Anfípolis ante el ejército de Esparta, fue condenado al destierro, y luego fue autor del libro La historia de la guerra del Peloponeso, que es considerado de los primeros de la historiografía que persigue encontrar explicaciones de conflictos bélicos y otros hechos que recoge la historia, desde perspectivas humanas, decisiones, aciertos, errores, omisiones.
La guerra del Peloponeso fue entre Esparta y Atenas, las dos ciudades-Estados cuasi hegemónicas del mundo griego en su momento de apogeo, a las que se fueron juntando otras, formándose los dos bandos.
Tucídides sostuvo que Esparta agredió a Atenas porque tuvo temor de que se siga expandiendo su poderío en lo militar y naval como en el comercio, y su modelo de democracia.
El síndrome es que en un Estado o sociedad que asume ser potencia, si se genera miedo de que otro lo enfrente y supere, quizás se prefiera eliminar o disminuir ese riesgo anticipándose a confrontarlo, incluso por las armas.
El tema se ha manejado en lo académico, en los Estados Unidos y en otros países.
El gobernante chino lo introdujo en su discurso. Textualmente: “¿Podrán China y Estados Unidos superar la llamada ‘trampa de Tucídides’ y crear un nuevo paradigma para las relaciones entre grandes potencias?”.
El nuevo paradigma sería “construir una convivencia estable entre las dos mayores economías del planeta (…). Siempre he creído que nuestros dos países tienen más intereses comunes que diferencias”, afirmó Xi.
“China y EE. UU. tienen mucho que ganar con la cooperación y mucho que perder con la confrontación. Debemos ser socios, no rivales”, añadió.
“Prosperar juntos” y apelar a la responsabilidad histórica en un momento de “cambios sin precedentes” son expresiones repetidas del aparato ideológico chino.
No calificó a Estados Unidos como potencia hegemónica en riesgo de decadencia frente a una nueva potencia emergente, pero Trump aclaró que riesgo de declive hubo con el presidente Biden, pero no con él, que ha retomado el control interno y externo de su país.
Lo cierto es que la advertencia tensa más la relación porque Trump no retrocederá en aquello de pretender cuestionar y controlar intereses chinos en el mundo, ni China va a ponerse a un lado, sino que habrá replanteamientos para defender sus intereses.
De alguna forma se está pasando a una guerra de trincheras, de ganar y consolidar espacios puntuales por China y sus empresas, aun bajo prácticas societarias y de mercado del mundo capitalista, pero hay temas que sí pueden llevar a confrontación. (O)











