La catedral es una construcción metafórica, pero no una metáfora, formulada por Curtis Jarvin (Washington, 1973), un intelectual de nuevo cuño, difícil de encasillar en los tradicionales esquemas profesionales. Es emprendedor, bloguero, programador informático, ensayista, activista político y social. Se dice que es consultor de políticos y que su pensamiento influye en la Administración Trump, concretamente en el vicepresidente Vance.
“La catedral” sería una estructura de poder conformada por una alianza entre la academia, o sea, las universidades y las entidades científicas y culturales, los medios de comunicación y la administración político-burocrática, que han impuesto un consenso “progresista”, “liberal” y “políticamente correcto”. Merece aclararse el sentido en que se toman los vocablos entrecomillados. Por cierto, los feligreses de la catedral se califican de “progresistas”, pero este concepto es manipulado por las izquierdas, justamente las fuerzas que se oponen al progreso y al desarrollo. “Progresismo” en este contexto significa socialismo neto y huero. “Liberal” es un noble término que los estadounidenses malentienden. Consideran que significa posturas socializantes, o sea, exactamente lo contrario de lo que la palabra indica. Y “políticamente correcto” es una expresión relativa, que para unos significará una cosa y para otros, la contraria.
A primera vista el esquema es sugestivo y puede servir como punto de partida para interesantes desarrollos. Describe un hecho real, las fuerzas implicadas existen, actúan de consuno y dominan en muchos países. Un ejemplo de ello son las nuevas visiones ecologistas que son elaboradas por gremios científicos y universidades. Los medios comprometidos alarman con eminentes catástrofes que sucederán si no se siguen tales directivas. De allí salen costosas políticas y “agendas”, que se han demostrado poco eficaces y amenazan con quebrar a países que las adoptan, como sucede con Alemania, para citar un caso.
Desmontar la catedral es un imperativo para Occidente si quiere sobrevivir como civilización. Pero la “solución” de Jarvin es peor que la enfermedad. Propone convertir los Estados en corporaciones que no tendrían ciudadanos, sino accionistas y que serían gobernadas por un CEO con atribuciones de monarca absoluto. Nada original, no cae demasiado lejos del Mundo feliz de Aldous Huxley, incluidos los matices racistas de esta distopía. Este modelo es la antítesis de lo que buscamos, que es apertura y libertad, es por tanto profundamente antioccidental. Y de implementarse estará condenado al fracaso, la dinámica de la empresa es por completo diferente a la del Estado, de allí los lastimosos fallos de personas sin formación política, como aquel que acaba de meterse en un sonoro lío en Irán, y no sabe cómo salir.
Esta, como todas las utopías, es inviable. La república democrática tiene su garantía en su imperfección, que le permite hallar nuevas vías fuera del Manual Corporativo de Políticas y Procedimientos. El momento en que alguien piensa que ha encontrado la fórmula perfecta, que no existe, la estructura se anquilosa y su destino es una estantería en el museo de la decepción. (O)








