Marzo terminó marcado por eventos de alto impacto. En lo internacional, la guerra en Medio Oriente volvió a evidenciar la fragilidad del equilibrio global. En lo local, vivimos días complejos: medidas excepcionales como el toque de queda en varias provincias y un invierno particularmente fuerte que afectó la dinámica productiva y social del país.
Hoy la incertidumbre se ha vuelto lo normal. No es un fenómeno nuevo. Ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. Pero lo que ha cambiado es su intensidad, su frecuencia y su visibilidad. La incertidumbre hoy es más cercana, más constante y más difícil de procesar. Vivimos en un entorno volátil, donde los eventos se encadenan con rapidez y generan una sensación permanente de inestabilidad.
Hace algunos años viví una experiencia que me marcó profundamente: un programa de estrategia con Eliyahu M. Goldratt en Israel. Entre muchas ideas hubo una que se me quedó grabada: el dolor de la incertidumbre.
La incertidumbre duele porque nos quita el control. Nos obliga a decidir sin garantías y nos enfrenta a nuestros propios límites. No es un dolor físico, es psicológico: se manifiesta como ansiedad, urgencia e incomodidad. Muchas veces llamamos estrés a esa sensación, pero el estrés es solo el síntoma; el origen es la incertidumbre no procesada.
Ese dolor nos empuja a decidir rápido, no necesariamente mejor. Decidimos para aliviar la ansiedad, no para resolver el problema. Y ahí aparece una reflexión clave: el desafío no es solo cómo decidir, sino cómo gestionar la incertidumbre cuando duele.
En un mundo incierto, el objetivo no es eliminarla –eso es imposible–, sino gestionarla mejor y aumentar la probabilidad de las certezas. Porque las certezas se construyen.
A partir de la experiencia hay algunos caminos que ayudan. El primero es aceptar lo que no sabemos, con honestidad intelectual, y distinguir entre lo que conocemos y lo que aún no entendemos. El segundo es construir mejores sistemas de información que permitan comprender tanto el negocio como su entorno.
El siguiente paso es decidir mejor. Las buenas decisiones no dependen de intuiciones aisladas, sino de sistemas de pensamiento estructurados. Los frameworks ordenan la complejidad, los criterios reducen sesgos y el diálogo permite contrastar miradas.
Reducir la brecha entre la realidad y la forma cómo la interpretamos –ese es el verdadero punto de partida de cualquier estrategia–.
Y hay un último elemento –probablemente el más subestimado–: su dimensión psicológica. La incertidumbre genera ansiedad, y aprender a no decidir desde esa ansiedad es fundamental. ¿Cómo hacerlo? Apoyándose en otros. En coaches, mentores o espacios de pares donde compartir los problemas, ordenar el pensamiento y tomar distancia emocional.
La incertidumbre no se gestiona en soledad. Se gestiona mejor en conversación.
La incertidumbre no va a desaparecer. Pero sí podemos cambiar la forma en que la enfrentamos.
La incertidumbre no es el problema. El problema es decidir mal cuando duele. (O)