Al escribir estas letras, el presidente Donald Trump aterrizó en Beijing para una cumbre presidencial de enorme importancia entre los dos países. Cuando dos colosos buscan acordar sobre temas de mutuo beneficio o acuerdan no estar de acuerdo en otros, las consecuencias para el orden internacional son inevitables en su sentido más amplio.
Las relaciones entre las dos potencias han sido tratadas por la prensa internacional como el encuentro entre rivales que necesariamente tienen que colaborar, aunque la narrativa dominante sea la del conflicto permanente. El uno necesita al otro para subsistir. La rivalidad de sistemas ideológicos no puede sobrepasar la realidad.
Trump, en su primer periodo, declaró a China como su principal adversario e impuso todo tipo de medidas y sanciones para limitar su impresionante capacidad comercial. Pero lo importante fue intentar frenar su capacidad de desarrollar nuevas tecnologías y ganar la carrera de la inteligencia artificial (IA). Joe Biden mantuvo las barreras impuestas e inclusive impulsó una legislación denominada CHIPS Act, que autorizó $ 280.000 millones en subsidios directos a los fabricantes para evitar perder el liderazgo tecnológico frente al poderoso impulso de los productores chinos. Para muchos, esa decisión representó una intervención del Estado en el libre mercado que supone el capitalismo, acercándolo a mecanismos propios de un sistema centralizado. El dominio del liderazgo en la IA es visto como el objetivo más relevante, el instrumento más poderoso para la supremacía futura.
Todos los intentos de Trump, en esta segunda presidencia, por limitar el avance chino –desde sanciones a la adquisición de tecnologías hasta la aplicación de tarifas en el llamado Día de Liberación– han fracasado, según cifras emitidas por ambas naciones. China, estratégicamente, desvió su dependencia del mercado estadounidense y, en 2025, rompió todos los récords de comercio al exportar a 170 mercados y reducir su dependencia de Estados Unidos al 11 % de sus exportaciones.
Ambos colosos discutirán Taiwán, las guerras y conflictos internacionales, así como los múltiples desafíos que enfrentan en distintos ámbitos. Pero lo predominante será la IA.
La confrontación permanente entre la potencia ascendente y la potencia declinante las lleva a ejercer su influencia en todos los confines: la una mediante el uso de la fuerza y la otra a través de la cooperación financiera y de distintas formas de asistencia. China ha llenado el vacío dejado por el abandono de la Administración Trump del llamado soft power, ampliando así su presencia e influencia internacional.
Cuando se calmen las aguas y terminen los vientos huracanados, las dos potencias seguirán sentadas en la mesa de negociación, buscando superar sus desencuentros y avanzar en sus intereses. Ojalá sea así y no mediante una guerra que, según el estratega prusiano Carl von Clausewitz, constituye “la continuación de la política por otros medios”.
El tema de fondo será el futuro del mundo: el imperativo de la IA en la seguridad global, la economía y su impacto decisivo en todos los campos, transformando profundamente la sociedad contemporánea. (O)












