Es incuestionable que la mayor preocupación de la colectividad durante un evento climático intenso como el que se anticipa será el abastecimiento de alimentos para la población, que no es posible asegurar de llegar a presentarse un fenómeno de El Niño como el anunciado, tanto o más fuerte que el último catastrófico de los años 1997 y 1998, esta vez agravado por los crueles presagios de que este año alcanzaría un récord de alta temperatura en el océano y la atmósfera, acompañado de precipitaciones pluviales intensas y largas que afectarán sectores en riesgo, destruyendo la infraestructura de carreteras, otras vías de comunicación y el traslado de personas y mercancías. Por otro lado, la experiencia de años anteriores demuestra que el sector más afectado sería el agropecuario, pésima noticia para la principal fuente de producción de sustancias nutritivas, que puede desembocar en hambruna e intranquilidad social.
Se sumaría el hecho de que el calentamiento global tendría niveles nunca antes percibidos por los instrumentos meteorológicos, grave cortapisa para la actividad fisiológica de las plantas cultivadas, que podrían sufrir estrés hídrico por exceso de agua y calor excesivo, factores a los que no han estado habituadas, impidiendo razonables cosechas como afectación menor, que llegaría a destrucción total y, de darse inundaciones con acarreo de materiales gruesos, degradación de suelos y desequilibrio de sus microorganismos, directamente vinculados con la nutrición de las plantas, impidiendo a las naciones alcanzar uno de sus objetivos principales, cual es la autosuficiencia alimentaria, obligando a la importación con fuerte egreso de divisas.
Ecuador se precia de tener con sobradas razones un enorme potencial para producir su propia comida, con sobrantes importantes para proyectarse a la exportación estimulado por los últimos acuerdos comerciales con reducción de aranceles, que han mejorado su capacidad competitiva; sin embargo, en el presente año podría sufrir un descalabro interno por los fenómenos meteorológicos y la imposibilidad de abastecerse de alimentos desde el exterior por la situación bélica que no tiene solución, que obstaculiza la movilización de mercancías para vender o comprar, ni siquiera algo fundamental como es la adquisición de insumos necesarios para las labores agrícolas, toda vez que las acciones guerreras, ajenas a nuestro medio, están interfiriendo el comercio de fertilizantes. Será por tanto un periodo atípico.
Sugerimos planificar acciones de emergencia en mancomunidad con el empresariado privado y el régimen, con determinación de responsabilidades, cronogramas de cosechas y un plan agresivo de siembras de ciclo corto en zonas altas, haciendo especial énfasis en la producción de granos como el maíz amarillo y duro, que cumple roles múltiples, tanto como alimento directo o procesado y fundamental y básica para la elaboración de balanceados para aves (proteína animal popular y barata), porcinos y ganaderías en general. La situación que se aproxima podría ser aprovechada por este cultivo, con tanto éxito que se convertiría en otro elemento significativo de exportación. (O)














