Ecuador utiliza menos espacio en el cultivo de pasto respecto a lo que ocupaba en el 2002 y también hay un menor número de cabezas de ganado. Sin embargo, la producción ha aumentado, sin llegar a los niveles de las zonas del mundo con alta tecnificación ganadera.

Los últimos datos de la Encuesta de Superficie y Producción Agropecuaria Continua (Espac) del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) muestra que hay 1,48 cabezas de ganado por hectárea (ha) en el país, apenas un poco más del rendimiento del 2002 cuando había una por hectárea.

En 2002 existían 5′015.765 cabezas de ganado bovino y 3′389.361 hectáreas (ha) de pastos sembrados. En el 2020 bajó a 4′335.924 animales y a 2′067.795 ha de pastos cultivados.

También se registraron 975.525 vacas ordeñadas en 2002, que generaron 4,4 millones de litros de leche al día. La producción del 2020 con 962.520 vacas ordeñadas fue de 6,1 millones de litros de leche por día, un aumento promedio del 2 %.

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El 80 % de la ganadería en Ecuador está en manos de pequeños productores, que manejan fincas con no más de cinco cabezas de ganado en promedio, según Ramiro Díaz, médico veterinario y docente de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ).

Ellos son parte del sector ganadero, primordial en la política de soberanía alimentaria de los países. “La pandemia hizo ver lo importante que es la producción de alimentos, una área que nunca se frenó”.

El clima favorece al desarrollo agropecuario en el país, dice Díaz, pero esto debe ir de la mano con la tecnificación y el apoyo de las instituciones estatales.

El objetivo es tener una mayor productividad con un menor uso del espacio. “A nivel mundial ha disminuido el número de cabezas de ganado, pero aumentó la producción y esto se logra con programas de biotecnología, de mejoramiento genético para tener animales de alta productividad”.

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La ganadería sustentable implica el uso de nuevos mecanismos de manejo de potreros, con lo que ya no se requiere más terreno para aumentar la producción. “Con esto se puede tener la misma producción con cinco vacas de lo que se tenía hace 30 años con 30 cabezas”.

El problema, afirma Díaz, es que el ganadero nacional está acostumbrado a la producción extensiva, es decir, al pastoreo, lo que provoca el uso de mayor espacio, contrario a la tendencia mundial actual en zonas con tecnificación.

“En Ecuador el promedio nacional es de 1,5 a 2 vacas por hectárea. Pero con tecnificación se maneja hasta cinco vacas por hectárea. Estados Unidos, México y Canadá tienen áreas despobladas donde hay una producción de 40 litros de leche al día de animales que están en ambientes controlados, no necesitan caminar tanto para comer. Por cada kilómetro que deambula el animal disminuye un litro de leche porque toda la energía destinada para la producción la gasta en energía muscular”.

Una situación similar se da en la producción de carne. No hay un manejo adecuado del pasto y los animales no crecen y no reproducen la carne a la velocidad que se necesita, agrega.

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El Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) informó a este Diario que a pesar de que se dio una reducción del número de cabezas de ganado y de la superficie de pastos cultivados entre el 2002 y 2020, “la producción tuvo un aumento durante el período analizado, lo que podría significar que las explotaciones ganaderas del país han dejado de ser tan extensivas y están convirtiéndose en producciones más eficientes, a través de la mejora de los sistemas de alimentación y pastoreo y la implementación de buenas prácticas”.

Si bien la producción de leche a nivel nacional ha aumentado con un menor número de vacas ordeñadas, hay diferencias entre la Costa y la Sierra.

La producción de leche en la región Costa ha decaído y los ganaderos han migrado a la producción de carne, a otros cultivos o tienen en abandono sus propiedades. El contrabando influye con la leche que ingresa de Colombia y Perú a precios más bajos cuando estos países tienen excedentes, lo que liquida al productor local, indica Paul Olsen, presidente vitalicio de la Asociación de Ganaderos del Litoral y Galápagos.

La incidencia de enfermedades como la tripanosomosis bovina reduce la productividad

Zonas ganaderas donde se deja a las vacas que se alimenten del pasto de forma libre en el cantón Quinindé, en la provincia de Esmeraldas. Foto: Katherine Mendoza Anton

Perú, Colombia, Brasil y Venezuela tienen investigaciones más actualizadas y con representatividad nacional respecto a la incidencia de la tripanosomosis bovina, enfermedad que se transmite con la picadura de vectores hematófagos como el tábano (moscas u otros) que están en la Costa y el Oriente del Ecuador.

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El vector también contagia al ganado porcino, caprino y caballar.

La tripanosomosis bovina es considerada por la Organización Mundial de la Salud como una de las enfermedades desatendidas, es decir, las que tienen incidencia en zonas rurales de escasos recursos de los países en desarrollo y que presentan desatención de las autoridades nacionales y locales.

Alejandra Burgos y Danilo Hinojosa, ingenieros en Biotecnología de la Universidad Internacional SEK (UISEK), decidieron, como parte de su proyecto de tesis, analizar la incidencia de esta enfermedad en Ecuador.

La detección se dio mediante el método de elisa indirecto (técnica de laboratorio).

El primer paso fue conseguir las muestras de sangre. “La mayoría salió de un convenio con el Centro de Investigación en Zoonosis de la Universidad Central del Ecuador que hizo una encuesta nacional muestreando bovinos. Pero también se recocletó en la estación de Limoncocha de la UISEK con un veterinario, un tutor y algunos compañeros. Sacamos muestras de la vena coxígea que está en la cola de las vacas. Había que amarrarlas para que no patearan y extrajimos dos tubos por vaca”, dice Hinojosa.

Luego se aplicó una técnica estandarizada usada en este tipo de enfermedades con parásitos. El estudio implicó el análisis de 207 muestras aleatorias provenientes de las provincias de Napo (44), Orellana (18), Santo Domingo de los Tsáchilas (100) y Sucumbíos (45).

Los resultados indicaron que el 16,8 % (34 de 207) de los ejemplares dio positivo al parásito.

“Dentro de los estándares de esta enfermedad a nivel de Sudamérica, tener un porcentaje de 18 % a 20 % de incidencia ya es muy alto. Entonces, casi un 17 % en un número reducido de muestras es preocupante. Por eso nuestra principal sugerencia y conclusión es incrementar el número de vacas analizadas en el país. El porcentaje es elevado para el número de muestras que analizamos”, afirma.

El problema es que la desatención de esta enfermedad es regional. “Los gobiernos no destinan muchos recursos para tratarla y no le prestan atención, pese a que deja pérdidas en vacas lecheras, de carne o de doble propósito”, añade.

Los estudiantes de la tesis hicieron un estudio bibliográfico de los análisis al respecto en la región y observaron que en países como Venezuela y Brasil tienen la incidencia distribuida por estados. “En Ecuador hay estudios localizados con resultados parciales de un área de determinada provincia. El fomento de la investigación ayuda a que el desconocimiento se reduzca y se preste atención a enfermedades que afectan al sector ganadero”, agrega Hinojosa.

Las vacas contagiadas presentan desnutrición, anemia, falta de apetito, altos índices de esterilidad e infertilidad, incremento de los abortos y la pérdida de fuerza del animal.

Estos efectos traen pérdidas económicas, la carne baja de calidad y hay una reducción en la producción de leche, entre otras consecuencias.

“Sí existe la posibilidad de que la enfermedad se quede dentro de una finca y que luego de un periodo de calma vuelva a presentarse un brote. El último de esta enfermedad fue en el 2017 en la región Costa del país cuando murieron algunos ejemplares”, asegura Hinojosa.

Los estudiantes empezaron su investigación en febrero del 2020 e hicieron una pausa debido a la pandemia del COVID-19 hasta agosto de ese año.

Allí retomaron el estudio, ya que pudieron retornar a los laboratorios siguiendo los protocolos de bioseguridad.

José Ramírez, docente de la UISEK y tutor del estudio, indica que entre 18 % y 20 % se considera una incidencia alta, por lo que este número muestra una mediana presencia del parásito. “Cuando cualquier enfermedad a nivel epidemiológico pasa del 10 % se habla de una prevalencia importante, de una presencia significativa en el área estudiada del agente infeccioso”.

La investigación fue premiada en el IX Congreso Internacional de Parasitología Neotropical y obtuvo la mejor presentación en la sección de epidemiología.

“Una de las razones por la que no se estudia es que la tripanosomosis bovina solo afecta a los animales y por ello no llama tanto la atención, a pesar de que puede disminuir el rendimiento de los ejemplares y llevarlos hasta la muerte. Contrario a otras como la brucelosis y la fiebre aftosa que son zoonosis, es decir, pueden saltar de los animales a los humanos”, señala Ramírez.

El concepto de la enfermedad desatendida fue creado por la OMS para hacer foco en dolencias que afectan a comunidades rurales que no tienen mucho peso político y que no están cercanas a los grandes centros urbanos. “Pero al actuar en combinación con otras enfermedades (en el caso de los animales productivos) pueden en conjunto impactar más en la productividad”, agrega el docente.

“Si se combinan las condiciones ambientales como estrés, el animal está con un golpe de calor y no está bien alimentado, eso puede hacer que el parásito mate por sí solo al animal, vacas, caballos, cabras y cerdos”.

El Ministerio de Agricultura y Ganadería informó a este Diario que la tripanosomosis es de origen parasitario por lo que al igual que otras enfermedades del mismo tipo, “si no se controla de manera oportuna, podría llegar a comprometer la productividad, e incluso, la vida de los semovientes”.

La entidad indicó vía email que tras el brote detectado en Manabí de hemoparásitos (tripanosomosis y anaplasmosis) en el 2017, “la Subsecretaría de Producción Pecuaria tuvo participación activa mediante estrategias y tratamiento adecuado para control de los mismos en el año contiguo”.

Y que durante este año se colaboró con la realización de encuestas por medio de los técnicos de las unidades móviles y se coordinará capacitaciones.

Los estudios en el futuro deben incluir el nivel de impacto económico en las fincas por la presencia de la tripanosomosis y otras. “El rendimiento a nivel cárnico y lácteo será menor. El animal decaerá y a largo plazo pueden presentar problemas más graves como infertilidad o reducción de la tasa reproductiva (abortos). Eso cuando el parásito se mantiene en el organismo”, dice Ramírez.

La importación de ganado realizada hace ocho años, afirma Olsen, provocó la diseminación de esta enfermedad en Ecuador.

“Al principio golpeó mucho al sector en zonas bajas de Balzar, Daule, Palestina, con ganaderos que perdieron hasta el 60 % de sus hatos. Nuestro ganado no tenía resistencia”.

Los finqueros estuvieron solos y con la ayuda de veterinarios privados se fue determinando el origen de estas pérdidas y se aprendió cómo tratarlas. “En esos casos no hay entidad estatal que asuma la responsabilidad. El que pierde su patrimonio es el campesino”, dice Olsen.

El ganado ecuatoriano está libre de fiebre aftosa con vacunación

Hay áreas ganaderas con tecnificación en la provincia del Guayas. Foto: CORTESÍA PAUL OLSEN

La denominación como país libre de fiebre aftosa con vacunación da pie a que se exporte todo tipo de producto bovino.

El problema está en que hacerlo requiere no solo una mayor productividad, sino centrarse también en la calidad. “Competir con mercados como el de Argentina, Uruguay o Brasil, grandes productores mundiales de carne, es difícil porque ellos tienen una línea genética que se ha mejorado durante décadas”, asevera Díaz.

“Se hablaba hace unos años de un ganado criollo llamado pizán, pero no ha sido categorizado como raza verdadera, entonces no se han hecho los estudios necesarios para llegar a esa conclusión. Ese tipo de ganadería es bueno porque se adapta a nuestro medio y no existe en otros países”, añade el especialista.

El programa estatal para cambiar esta realidad debe ser integral y multidisciplinario, ya que no es solo cuestión de acceso a crédito, dice Díaz. “Si el ganadero no sabe qué hacer con ese dinero y se mantiene en un manejo tradicional como lo hizo su papá, abuelo o tatarabuelo, no habrá un gran cambio. Además hay que tener acceso al nuevo conocimiento. Para ello se requiere que las universidades, técnicos, gremios de profesionales tengan contacto con las asociaciones de ganaderos y de pequeños productores para que puedan transmitir ese saber”.

La situación se complica porque a decir de Olsen hay un divorcio entre los políticos de turno y el sector agropecuario. “La frase volveremos a mirar al campo es campañera y se utiliza solo en época de elecciones. Cuando asumen el poder se olvidan y esto se produce por una falta de conocimiento de lo que ocurre en las zonas rurales”.

El área de pastos sembrados empieza a reducirse de forma más marcada a partir del 2008 cuando había una superficie cultivada de 3,7 millones de hectáreas, mientras que en el 2020 baja a un poco más de 2 millones de hectáreas.

“Una serie de medidas ahuyentó al campesino de la producción agrícola y ganadera, empezando por el decreto en el que se prohibía a los civiles portar un arma, lo que generó una gran inseguridad en las áreas rurales que ha ido creciendo”, manifiesta Olsen.

El robo de ganado es el punto de partida para el cometimiento de otros delitos en áreas inhóspitas con poca presencia policial. El campesino está desarmado. “Si llega a llamar a la policía ante la presencia de delincuentes, por lo general los uniformados están lejos, a una hora de distancia y si contestan lo primero que preguntan es cuántos ladrones hay. Si son ocho, en los retenes rurales hay hasta dos uniformados y dicen que no pueden hacer nada”, sostiene el dirigente ganadero.

A esto se suman las políticas clientelares e imposición de impuestos a la tierra, a la venta de los bienes, al patrimonio, a la herencia. “Son golpes y golpes que tienen a un campesino rendido, que deja las tierras improductivas”. (I)