El mundo amanece en Asia Oriental, lo que allí suceda marcará el día. Esta región con cerca de dos mil millones de habitantes ha vivido las últimas cuatro décadas pequeños conflictos subregionales, incidentes, amenazas, exhibiciones de poder, hostilidad, pero una guerra, guerra, no. Esta situación incómoda pero tolerable podría llegar a su fin este mismo año, los conflictos latentes amenazan convertirse en ardientes, sobre todo tomando en cuenta el contexto internacional, en el que dos de las mayores potencias del mundo se hallan involucradas en guerras en las que la superioridad brutal sobre los adversarios no ha llevado a victorias inmediatas.
Así tenemos a Vladimir Putin, que ha involucrado a Rusia en un anacrónico proyecto de expansión territorial. Pero parece que ese sueño se quedará como tal. El dictador parece no haberse dado cuenta de que la riqueza de una nación no está en el vasto territorio, incluso si en él, como en Rusia, existen muchos recursos naturales. Pero él no entiende tales sutilezas y quiere tierra. Sin embargo, su ocupación de Ucrania no ha pasado de su avance inicial en 2022 e incluso ha retrocedido en muchos frentes. Desechada la opción atómica, parece que se quedará con lo conquistado y punto, una victoria con sabor a derrota.
La otra superpotencia, EE. UU., por su parte, se ha empeñado en derrocar todas las dictaduras, o a buena parte de ellas. No hay guerra más injusta que la que se pierde, no estamos aquí para analizar la legitimidad de las intervenciones norteamericanas. Señalamos sí, que en la guerra contra Irán ha demostrado una mortífera superioridad tecnológica. Sus adversarios deben pensarlo dos y mil veces antes de enfrentarlo. Es probable que en las próximas semanas se agote la capacidad defensiva de Irán y consiga algo parecido a una victoria. Está por verse qué gana Trump, si es que gana algo. Salir dejando en el gobierno un “Delcy” iraní, con su proyecto atómico relativamente intacto, se considerará una derrota. Pero incluso con mejores resultados, que nunca serán contundentes, compensarán el desgaste moral de la guerra.
Mientras tanto, la otra gran potencia espera su momento. Es China comunista, que ya ha seleccionado su presa, es Taiwán. Xi, el máximo jerarca del comunismo, está obsesionado con atacar a la isla a la brevedad posible. Recientemente destituyó y encarceló a cuatro de los cinco comandantes de sus fuerzas armadas, se dice que por sugerir que esperase casi una década para la invasión y él la quiere para el próximo año. No sorprendería que incluso adelante este propósito, si se asegura de que EE. UU. tiene las manos atadas en Irán, pues cuenta siempre con el silencio de Rusia, más estando esta enfrascada en su propia guerra. Si a todo esto le añadimos que Pekín está arrebatando a Filipinas una a una las islas del mar de la China Meridional, se entiende que Japón y Corea del Sur hayan anunciado, más o menos veladamente, que desarrollarán sus propios escudos atómicos. Y la valerosa primera ministra nipona, Sanae Takaichi, ha advertido que una operación militar contra Taiwán no será vista con indiferencia por su país. El brillante naranja de las madrugadas orientales se corre hacia el rojo. (O)









