Ecuador atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia reciente. El combate frontal y sostenido contra la delincuencia organizada, impulsado por el Gobierno central como política de Estado, merece reconocimiento, sin lugar a dudas. Pero, asimismo, la otra cara de la moneda es el deterioro de la imagen del país ante el mundo.
Tanques en las calles, operativos militares, decomisos masivos de droga, cifras de violencia que ubican a Guayaquil entre las ciudades más peligrosas de la región, por citar unos cuantos ejemplos, todo ese despliegue, necesario, es captado por la prensa internacional, amplificado en redes sociales y consumido por millones de personas que nunca han pisado suelo ecuatoriano. El resultado: Ecuador se ha convertido, en el imaginario global, en sinónimo de peligro.
Lo paradójico es que esa percepción no refleja la realidad completa. La violencia, aunque real y dolorosa, está focalizada en zonas específicas, no en todo el país. La realidad es que, más allá de la tormenta, millones de ecuatorianos viven su cotidianidad con una normalidad relativa, trabajan, estudian, recorren sus ciudades y disfrutan de su país, aunque no como quisieran, pero mucho más de lo que se cree fuera del Ecuador.
Conozco casos de compatriotas que residen en el exterior que evitan visitar el país, convencidos de que desde el aeropuerto todo es riesgo y de que quienes vivimos por estos lares esquivamos balas y muertos a diario.
Esta distorsión es un problema por resolver, porque Ecuador sigue siendo un país extraordinario. En pocas horas se puede pasar de la majestuosidad de los Andes a la exuberancia del Amazonas, de las playas del Pacífico a las islas Galápagos, patrimonio natural de la humanidad. Quito, declarada primera ciudad patrimonio cultural del mundo por la Unesco, conserva uno de los centros históricos mejor preservados de América Latina. La gastronomía ecuatoriana gana reconocimiento internacional año tras año. Y sobre todo, la calidez de su gente sigue siendo uno de los activos más genuinos del país.
Frente a este escenario, resulta urgente que el Gobierno desarrolle una suerte de contracampaña turística internacional de alto impacto. No se trata de ocultar la realidad ni de minimizar los esfuerzos en seguridad, sino de equilibrar el mensaje. Si existe una poderosa maquinaria de comunicación que difunde los logros del combate al crimen, debe existir una igualmente poderosa que muestre al mundo lo que Ecuador también es.
Alianzas con operadores turísticos internacionales, presencia activa en plataformas digitales, embajadores culturales, campañas en medios especializados en viajes y testimonios de turistas que han visitado el país con seguridad son herramientas disponibles y eficaces. Otros países han enfrentado crisis de imagen similares y han logrado revertirlas con estrategias inteligentes y sostenidas.
Ecuador es más que sus horas difíciles. Es momento de contárselo al mundo, con la misma energía y convicción con la que se combate a quienes pretenden quedarse con el país. La batalla por la seguridad y la batalla por la imagen no son excluyentes. Ambas son necesarias, urgentes. Ojalá así lo vean las autoridades. (O)