Hace relativamente poco aprendí qué significan “hacer del 1” y “hacer del 2”. Son nuevas nomenclaturas creadas en algunas escuelas para que los niños, con sus dedos, nos alerten de que necesitan utilizar un retrete y, más aún, ya nos anticipen qué quieren hacer ahí.
Y descifré entonces que el “hacer del 1” es la evolución del “hacer pis” de antaño, mientras que el significado de “hacer del 2” cae por su propio peso. Celebro que las escuelas, sobre todo las privadas, tengan esas deferencias con el convivir civilizado, pero no es suficiente con enseñar al niño a ordenar su esfínter, sino que hay que lograr que, a más de su cuerpo, cuide de esa manera su entorno y su convivir sociales.
Digo esto con preocupación, porque ha sido noticia esta semana la “hazaña” de un hombre que, con el mayor desparpajo, se ha parado en el asiento acompañante de un vehículo y sin detener la marcha ha puesto su vejiga en el lugar que corresponde al cerebro, y sin conflicto neuronal se puso a orinar hacia las calles de una ciudad que, si no lo vio nacer, lo ha albergado o al menos le ha dado un motivo utilitario para transitarla.
Y apareció en las redes sociales “haciendo del 1” por doquier, derramando la acidez y desechos que obviamente tiene la orina, con el consiguiente efecto antihigiénico que queda en zonas urbanas, muy transitadas. Una especie de logro irreverente que, imagino, dará algún grado de satisfacción y que, lamentablemente, estamos viendo repetirse con frecuencia en parterres, parques, jardines y debajo de los pasos a desnivel de las principales vías, sin que haya autoridad que le ponga un alto y sancione, cuando existe el marco legal municipal para hacerlo.
Preocupación, porque esta actitud que parecía ya desterrada en Guayaquil ha vuelto porque en la ciudad no se siente autoridad. Un alcalde detenido por presuntos delitos cometidos en su vida privada y una alcaldesa subrogante que no llegó por el voto popular y que brilla por su ausencia es lo que hay. Y si en algún momento del pasado reciente hubo quienes renegaban por la mano dura que se tomó cuando se empezó a ordenar la ciudad, allá por 1992, esas mismas voces ahora condenan el desorden y anhelan el retorno de la cordura, que buenos esfuerzos costó.
Los aparcamientos en doble columna, que caotizan el tránsito; la toma de los parterres y áreas verdes por el mercado informal; informales en triciclos y carretas por doquier; el desaseo generalizado, con desorden en la movilización particular de la basura; así como el andar libre y sin reglas de motos y taximotos, y un largo etcétera, son también parte de ese retroceso que se siente latente en la ciudad. Como si no fuera suficiente el vergonzoso lugar entre las diez ciudades más peligrosas del orbe, en que colocan a la querida Guayaquil las oenegés que miden la violencia, como consecuencia de la guerra territorial que las bandas de crimen organizado han impuesto para usar la geografía en su narconegocio.
Una oportunidad para cambiar está cerca con el relevo electoral que se viene a fines de noviembre. Oportunidad para corregir el timón. Ojalá haya con quién. (O)