Muchos, en las nuevas generaciones, dan por hecho que las cosas que tienen al alcance de la mano (y ojos) siempre estuvieron allí y se muestran escépticos o sorprendidos cuando descubren que no ha sido precisamente así.

Una de esas cosas de la actualidad son las transmisiones en vivo a través de satélite y, mejor aún, de la fibra óptica, que ahora son muy fáciles de hacer con un smartphone, que no requiere ni trípode ni de la ayuda de otra persona: solo un teléfono y alta definición para llegar desde el otro lado del mundo hasta acá en segundos. Simple, simplísimo.

Pero no era tan simple en 1980, cuando Ted Turner emprendió en el mundo de los medios con su cadena de cable, que poco después trascendió al mundo como CNN y que logró convertir en el sinónimo de la noticia en vivo, porque desde que la creó para competir con los grandes monstruos de la televisión norteamericana hablaba de una propuesta en la que la noticia sea la estrella. Y así lo hizo.

Siete años le tomó a CNN robar la atención de la audiencia con algo que sus competidores llamaron con despecho “show mediático”: la transmisión en vivo del rescate que tomó 58 horas de la pequeña Jessica McClure, de un año y medio de edad, que accidentalmente cayó en un pozo de siete metros de profundidad en el patio de una vivienda de Midland, Texas. Mientras las cadenas tradicionales hacían solo actualizaciones nocturnas de las noticias duras del día (petróleo, guerras, bolsa de valores, etc.), Turner y su osado equipo se apoderaron de la audiencia con el minuto a minuto de ese rescate exitoso.

Y no paró. Encontró la fórmula de convertir a la noticia en estrella y en pocos años, con sus transmisiones de la guerra del Golfo, consolidó un prestigio mundial que se mantiene vigente en torno a su obra, CNN, que se convirtió en ejemplo a seguir para muchas cadenas televisivas del mundo y, a la vez, para muchos de los periodistas que se convencieron de que esa dedicación y paciencia frente al hecho noticioso era el camino correcto.

Hoy que Turner ha muerto, su legado periodístico es inmenso, sin duda. Transformó para siempre la cobertura noticiosa y fue el antecesor indiscutible de los streamings que ahora abundan en las redes sociales, aunque sin el rigor y la veracidad que demandan las noticias.

El reto que queda es lograr que eso que él hizo con esmero y profesionalismo contagie también a los nuevos comunicadores, a los que pasaron por la universidad y a los empíricos. A los que se autodenominan creadores de contenido, entre los que hay muchos juiciosos, pero también otros muchos que han decidido saltarse las reglas porque quieren hacerse de la inmediatez que la tecnología facilita.

Que a ninguno de ellos les dé pereza aproximarse al lugar de los hechos, punto neurálgico del buen periodismo; de consultar a las fuentes, directas, indirectas, referenciales o testimoniales. Que logren empatía cuando un acontecimiento, como el rescate de Jessica, esté ocurriendo; y que se llenen de paciencia oriental hasta que las cosas que tengan que ocurrir ocurran, sin empujar ni precipitar los hechos para, muchas veces, desdecirse luego porque lo hicieron de manera equivocada. (O)