Hay escenarios políticos y sociales diferentes en el conflicto diplomático Ecuador-Colombia que está a punto de agravarse con la implementación de tasas mayores a las importaciones mutuas, con el telón de fondo de la guerra contra la delincuencia organizada que, en el caso nuestro, evidentemente ha intensificado sus acciones, mientras que en el otro lado del río es también evidente que el Estado colombiano está ausente. De hecho, lo ha estado por muchísimo tiempo, y a los únicos uniformados porque ahí conocen, respetan y temen son a los de las narcoguerrillas y autodefensas, que usualmente visten mejores camuflajes que los oficiales.

No es nuevo el tema, y para graficarlo quiero rememorar algo que pasó en la transición del siglo XX al XXI, justo antes de dolarizarnos y cuando existían aún las casas de cambio en Guayaquil. De pronto, comenzó la concurrencia de personas que portaban grandes cantidades de billetes, hermosos ellos, de dinares iraquíes y querían convertirlos en dólares, al precio que sea. Al tratarse de una moneda de no uso internacional, casi en su totalidad la respuesta había sido negativa y los propietarios de las casas de cambio dieron alerta a las autoridades, quienes empezaron a seguir el rastro de ese dinero.

El seguimiento los llevó hasta la frontera norte, no en el espacio habitado, sino en la zona más rural que era de donde surgían originalmente los portadores de los billetes. Y una aproximación de espionaje descubrió que en la zona fronteriza colombiana aquel billete estaba circulando como moneda local. Se compraba, se vendía y hasta se pagaban servicios con dinares. El de la tienda y el de la farmacia debían aceptarlos y de esa forma quienes los introdujeron les dieron un valor, ya que no había manera fácil de convertirlos en dólares.

¿Quiénes los introdujeron? Mis fuentes de entonces explicaron: fue el pago no programado de un cargamento de droga salido desde esas selvas fronterizas hacia destinos trasatlánticos que, en alguna triangulación poco santa, debían devolver el contenedor lleno de armas y dólares. Pero al abrirlo, sorpresa, llegó lleno de dinares por las dificultades para acceder al dólar que ya había. Y en lugar de pelearse con sus clientes, devolverlo, perder el producto mandado y un largo etcétera, el capo de la zona y de la época ordenó que buena parte se la ponga a circular como moneda local y otra parte la enviaron a vecinos países para pagar también bravamente por los abastecimientos que requerían, o lograr que alguien se los pase a dólares.

¿Y el Estado colombiano qué hizo en ese caso? Durante mucho tiempo, nada. No estaban en capacidad siquiera de ingresar a la zona, menos de controlar situaciones como la de imponer una moneda. Tampoco de controlar el cruce de insurgentes, vestidos de civil, por la frontera común, en búsqueda de atención médica, en unos hoteles que se habían convertido en clínicas.

Las acciones de control colombianas, desde hace mucho, han estado concentradas en su frontera con Venezuela, que tampoco es un ejemplo de blindaje. Quizás es por eso que le cuesta tanto al Gobierno de ese país responder con evidencias más que con retórica. (O)