El hombre invitó a la institutriz de sus hijos a arreglar cuentas. Ella le dice que pactaron 40 rublos de su sueldo. “No, son 30, lo tengo apuntado”. A lo largo de la conversación, él le manifiesta que debe descontarle de su retribución por hechos imputables a su servidora: los días no trabajados por descanso, la rotura de una taza que era una reliquia, los daños y robos por su descuido, un préstamo que ella niega haber recibido. Se estremece, sus ojos se llenan de lágrimas, pero no replica cuando el hombre le da 11 rublos. “Gracias”. “¿Por qué me da las gracias?”. “Por el dinero”. “Pero si la he desplumado”. “En otros sitios ni siquiera me daban”. “He bromeado con usted, le he dado una cruel lección, le pagaré sus 80 rublos. ¿Pero es que se puede ser tan tímida?, ¿por qué no protesta usted, por qué calla? ¿Es que se puede ser tan poquita cosa?”.

El relato, que bien podría ser real, es del cuento Poquita cosa, de Antón Chéjov, escritor ruso. Entonces los obreros de su patria, que habían sido campesinos despojados de sus tierras y emigrado a las ciudades, recibían exiguos salarios y era escasa la legislación laboral; los obreros no podían formar sindicatos ni hacer huelgas. Pero en 1905 el pueblo dejó de ser poquita cosa. Tres cuartas partes de las fábricas pararon por huelgas, pidieron al padrecito zar mejorar su situación, mas fueron recibidos con balas, muriendo unas 2.000 personas entre hombres, mujeres y niños. El movimiento fue el preludio de la gran Revolución rusa.

La historia demuestra que son pocos los Pablos que después de perseguir cristianos se convierten, y solo en la novela de Gunther Grass los niños logran romper con sus gritos los cristales de la injusticia. Las páginas de la historia lo que prueban es la necesidad de que los empobrecidos tomen conciencia de que no son el cielo ni su vagancia ni la mala suerte los responsables de su condición. Y que, una vez entendido, hagan lo que deben hacer. Los ciudadanos trabajan y no ven el justo fruto de su trabajo y el Estado no cumple su obligación de satisfacer las necesidades básicas de ellos y ellas, que constituyen derechos inmanentes a su condición humana, reconocidos por la Constitución, no dádivas de nadie. Sin embargo, a veces el poder criminaliza la protesta en vez de escuchar. En dichas circunstancias, asoma su rostro la gloriosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Revolución francesa, estableciendo que la resistencia a la opresión es la consecuencia de los demás derechos del hombre (las mujeres debieron hacer después su propia declaración) y que, cuando el Gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para el pueblo y para cada una de sus porciones el más sagrado de los derechos y el más indispensable de los deberes.

En nuestra América cunden los poderes de muerte, sumisos a una potencia extranjera, abusivos, que no respetan el derecho a la organización y protesta popular, a la libertad de prensa y opinión, al derecho a elegir y ser elegidos, violando para ello la independencia de otras funciones y entidades del Estado. ¡No seremos poquita cosa! (O)