En 1983 se escuchó por primera vez el tema Juanito Alimaña, canción que se volvió una clásica de la salsa. Fue arreglada por Willie Colón e interpretada por Héctor Lavoe. La canción narra espectacularmente cómo operan los delincuentes locales.

Dicha canción se concentra en describir los crímenes producidos en la esquina del barrio, esas pequeñas fechorías que, al pasar desapercibidas, van consolidando mecanismos de extorsión y modos de operar ilegales. Así se forman personajes con astutos que viven a costa de los demás.

La malicia viva –dice el tema– se produce a vista y conocimiento de la gente. Pero, aunque “todos lo comentan, nadie dice nada”. Otra característica del personaje es su forma estratégica de acercarse a la gente con poder.

El hecho de que nadie delate a los elementos que hacen daño a la sociedad y a las instituciones profundiza el problema. Porque nadie quiere enfrentarse a los mañosos; porque esos elementos malsanos son expertos en adular a autoridades y a jefes inmediatos para sobrevivir dentro de una estructura u organización.

La canción tiene otra frase: “en su mundo, atracando vive”. Eso suena muy familiar en nuestro país. Basta con revisar los escándalos de instituciones, universidades, partidos políticos y personajes que en cualquier circunstancia sacan el mayor provecho posible.

Así, con su distancia, lo cierto es que resulta tan malo que se robe y engañe en lo poco, como en lo mucho. Ambos son aspectos que ensombrecen la convivencia diaria y le han robado autoridad moral a la sociedad para actuar. Es hora de que en Ecuador se desprecie a los que actúan con mañas.

Si bien el Estado hace esfuerzos por combatir la delincuencia y el narcotráfico. Es hora de que cada ciudadano ponga de su parte y apoye a la gestión gubernamental. Si en toda instancia social se denuncia a individuos que viven de los otros, de a poco se abonará a la construcción de comportamientos éticos. Es hora de repudiar y desnaturalizar la frase “robó, pero hizo obras” o “pobrecita, es por necesidad que busca sus centavitos”. ¡No!, nadie tiene que robarse un solo centavo de las arcas sociales. Nadie tiene por qué extorsionar o pedir colaboración o presionarles para que compre algo que no desea. Es la naturalización de comportamiento extorsivos, corruptos o dudosos los que nos ha llevado a tener “alimañas” en todas las instancias del país y lastimosamente en todo lado.

Es hora de pedir claridad sobre lo actuado. Debemos exigir que se rinda cuenta y razón de las actividades, de lo invertido y lo planificado. Y en todo, incluso en aquellos aspectos triviales como el caso de las rifas solidarias que nunca se realizan y cuyo real problema no existe, y a cuenta de la solidaridad se benefician otros, menos los que deben.

Para que este país cambie, cada persona debe actuar en consecuencia con valores profundos. Tenemos que heredar a nuevas generaciones calles seguras donde jugar y tenemos que dar paz en los espacios de trabajo, donde nadie te chantajee con colaboraciones económicas o te amedrente por la supuesta influencia que tienen con las autoridades. (O)