La mayoría ciudadana de Guayaquil, con más de tres millones de habitantes, no se ha percatado de una riqueza muy cercana, que son los miles de hectáreas de tierras labrantías de la legalmente extinguida comuna Casas Viejas, que encierra enormes posibilidades de desarrollo productivo en varios campos, como la agricultura periurbana, el turismo, con un atractivo especial de su fauna y flora, la arqueología, la pequeña y mediana industria, inclusive la minería, pero lo que conmueve es la potencial contribución a la provisión de alimentos frescos y sanos con ilimitada capacidad de abastecimiento, sin mucho esfuerzo, solo con la acción coordinada de entidades oficiales que interactúan en ella, contando con un compromiso empresarial que se ha propuesto convertir esa zona en un gran motor económico y social.
La expresión comuna traslada a lo rural, al agro o a lo campesino, pero no es estrictamente así, el régimen comunal regulado por su propia ley, abarca también áreas citadinas y, en el caso de Casas Viejas, una buena porción está incluida dentro del límite urbano de la ciudad-puerto, lo cual nos conduce directamente a una riqueza no aprovechada del maravilloso espacio de la agricultura urbana, básica para fortalecer la seguridad alimentaria, que tanto se pregona, pero poco o nada se fomenta, desconociéndose que allí existe una incipiente infraestructura con una base humana integrada por profesionales agrónomos, pequeñas y medianas industrias, donde se registran terrenos del Colegio de Ingenieros Agrónomos del Guayas, propiedades de exempleados públicos como los del antiguo y desaparecido Programa del Banano, una planta elaboradora de abonos orgánicos y hasta una moderna residencia para el cuidado de mascotas.
Bien podría BanEcuador instituir una línea especial de crédito para financiar la instalación de parcelas de huertos urbanos y paraurbanos (áreas cercanas a los linderos de la antigua comuna) con una inmensa capacidad de producción para satisfacer los requerimientos de la ciudad, necesaria en condiciones de emergencia como la cruda estación lluviosa o cuando, por esa misma razón u otras de carácter político, se inhabilitan los accesos de bienes agrícolas a los grandes mercados de Guayaquil, cuyo mejor ejemplo fue el aislamiento sufrido en la última pandemia o las paralizaciones por acciones sociales inmanejables, en la certeza de que siempre estaría garantizado el consumo de verduras, frutas y hortalizas, frescas por la cercanía, cultivadas con el uso restringido de químicos a utilizarse en los huertos urbanos.
Los propietarios de terrenos en Casas Viejas ya tienen formalizada la propiedad, pero se sienten limitados por el incesante acoso de supuestos o verdaderos agentes del Ministerio de Agricultura, del Municipio y hasta del Cuerpo de Bomberos, solicitando requisitos ya cumplidos a cambio de dinero, obstaculizando labores fructíferas, desestimulando inversiones con empleo, en todos los sectores productivos antes señalados, teniendo a los invasores de tierras como sus acérrimos depredadores, convendría, por tanto, una ejemplar intervención de las autoridades gubernamentales. (O)