Era agosto de 1992 cuando el expresidente León Febres-Cordero asumió la Alcaldía de Guayaquil. Él reconoció que recibía una ciudad en ruinas, con colapso total de servicios básicos y de la institucionalidad. Los de mi edad recuerdan bien la crisis de la basura: 700 toneladas quedaban en las calles diariamente. El botadero de San Eduardo, a cielo abierto, era un foco de infección masivo y contaminación. El piponismo se había tomado la Muy Ilustre Municipalidad: de seis mil empleados, la mitad no trabajaba. La administración era manual, sin registros claros de catastro ni impuestos. El 50 % del agua se perdía en tomas clandestinas o fugas. Las calles periféricas eran lodazales y los mercados, focos de plagas.

Podría llenar esta columna detallando el estado de mi ciudad en aquel entonces. Lo recuerdo bien porque lo viví. En ese contexto, Febres-Cordero entendió que no podría lograr el cambio solo, convocó a las mejores mentes y exigió que el civismo lo acompañara. Así nació su campaña “Ahora o nunca - Guayaquil vive por ti”.

¿Dónde se escondió esa sociedad guayaquileña que ha salvado a la ciudad, que ha permitido que hoy vivamos un escenario tan similar al de 1992? Hoy el colapso se manifiesta al convertirnos en la superautopista del narcocrimen internacional. Grupos de delincuencia organizada transnacionales, nacionales y locales ven nuestra ciudad como tierra de nadie. Una tasa de homicidios histórica y el control territorial de esos grupos criminales han fracturado la paz ciudadana. Nuestra actividad industrial y comercial es extorsionada a diario. Nuestras familias tienen miedo, hasta de ir a misa.

Mientras tanto, la acefalía en la Alcaldía y la Prefectura del Guayas ahoga las obras magnas urgentes: el viaducto sur (quinto puente), la definición del nuevo aeropuerto, solucio-

nes de movilidad fluvial, la postergada regeneración del estero Salado, el hub portuario, el dragado del río Guayas y la autonomía energética. Hoy enfrentamos un rosario de problemas sin respuestas.

Todo esto ocurre bajo la amenaza de un posible fenómeno de El Niño para 2027. Se alerta de una catástrofe climática que nos encontrará con vías y puentes en ruinas, destruyendo la poca conectividad agrícola que tenemos y arriesgando nuestras exportaciones, sustento de la dolarización. En todo sentido, la tormenta perfecta.

Guayaquil es una ciudad resiliente. Ha sobrevivido a piratas, incendios, terremotos y malos políticos. Ya salimos del abismo muchas veces y podemos volver a hacerlo.

La historia nos enseñó que el Estado solo no puede y que la política sola, muchas veces, no quiere. El milagro de los 90 no fue obra de un solo hombre, sino de una sociedad que dejó de ser espectadora para convertirse en arquitecta de su propio destino. Hoy, ante una crisis que no solo ensucia nuestras calles, sino que amenaza nuestras vidas, la inacción ciudadana es el mayor de los pecados.

No esperemos que el liderazgo baje del solio; hagamos que suba desde el barrio, desde la academia y desde el gremio. Si Guayaquil vive por nosotros, es momento de que nosotros empecemos a vivir –y a luchar– por Guayaquil. (O)