Hace algunos meses, en el marco de una entrevista sobre la inserción de jóvenes y adolescentes en grupos de delincuencia organizada (GDO), un periodista me señalaba: “Se dice que esta generación ya está perdida, que lo que queda por hacer es rescatar la siguiente”.

Este planteamiento me dejó impávida por la ligereza con la que se puede desresponsabilizar una sociedad de los efectos que también ella ha producido en nuestros jóvenes y adolescentes. Si bien no se trata de evitar la asunción de la culpa o la responsabilidad de las acciones delictivas o criminales por las que pueden optar nuestros jóvenes (o ser coartados a tomar), considero vital no desviar la mirada de una realidad tan dura y compleja como las cifras de NNA y jóvenes que se insertan en estos grupos de delincuencia organizada.

Acorde al Observatorio Ecuatoriano de Crimen Organizado (OECO), uno de cada diez niños, niñas y adolescentes entre 12 y 17 años admite formar parte de un grupo criminal en Ecuador. Lupa Media evidencia que desde 2023 la principal causa de muerte de los niños, niñas y adolescentes son los homicidios, en 2024 el 83 % de ellos ocurrieron en provincias de la Costa. En el primer semestre de 2025 hubo un incremento del 68 % en comparación con las cifras del año anterior, con 504 casos. Esta es una realidad que interpela, y que debería interrogarnos: ¿qué horizontes en aras a una vida digna están construyendo el Estado, sus instituciones y nosotros como sociedad civil?

El modelo de la ecología social estudia el comportamiento a partir de la interacción de la persona con los otros, entendiéndolos como ‘entornos’. Así reconoce sistemas que van de lo micro a lo macro, pasando de lo familiar, la escuela, el barrio, a la comunidad y la sociedad. Plantea que el comportamiento de una persona se ve atravesado por sus relaciones con los diferentes entornos, de forma tal que influye en el siguiente sistema. Una lectura posible es que a estos jóvenes y adolescentes les han fallado todos estos entornos que hubieran estado destinados a sostenerlos.

Desde mi lectura como profesional de la psicología clínica, esta pregunta por la adolescencia y su reclutamiento me resitúa en los procesos estructurales que se desarrollan durante el pasaje a la ‘vida adulta’. Es decir, el momento en que empiezan a consolidarse ciertas construcciones de la subjetividad, lo que comúnmente llamamos “personalidad”, a condición de reconocer que ella siempre llevará en germen algo de la singularidad, pero inevitablemente atravesada por el encuentro con otro.

Me propongo compartirles una imagen potente que, pese a haber sido descrita en 1914 por S. Freud, conserva actualidad. Del adolescente dice que es aquel que ha “aflojado” los lazos con la casa paterna y la familia. Momento bisagra que marca el pasaje del orden familiar al orden social: el adolescente orienta su mirada al mundo. Entonces, en este punto de construcción y deconstrucción, cuando se efectuaría la operación de aquello que debería orientarlos hacia un ideal propio en el mundo, una proyección a futuro de quién ser y qué hacer, ¿qué ofertan la sociedad y la cultura? (O)