Zanny Minton, editora en jefe de la revista The Economist, sostiene que, para finales de 2026, estarán más definidos los lineamientos del nuevo orden mundial. Señala que este proceso estará marcado por tres factores clave: la vigencia de la democracia liberal, la geopolítica en una era denominada del “trumpismo transaccional” y, en tercer lugar, las reacciones del mercado internacional frente a la disrupción que acompañará este cambio.

Es indudable que 2025 será recordado como el año en que Donald Trump asumió por segunda vez la Presidencia de los Estados Unidos, así como por los profundos giros que ha impulsado su política doméstica e internacional, que han generado nuevas y desconcertantes dinámicas globales, modificando la visión de los líderes mundiales sobre el rumbo de la gobernanza internacional y sobre la manera de enfrentar los enormes retos que impone esta época, a la que denominó “incertidumbre radical”.

La mitad de los países del planeta están sobreendeudados y destinan más recursos al pago de obligaciones externas que a la educación o la salud. Las sociedades vieron cómo se les imponía nuevas modalidades de vida, trabajo y educación, cuyos efectos aún se sienten profundamente en el día a día de las personas.

Minton advierte que la democracia liberal está siendo cuestionada como modelo de gobierno, mientras que las instituciones republicanas que la sustentan enfrentan riesgos de debilitamiento o desaparición bajo el avance de la polarización, el autoritarismo y el uso de la fuerza. Para América Latina –región marcada por décadas de dictaduras y democracias frágiles obligadas a enfrentar pobreza, inequidad y confrontación política– la democracia liberal no cuajó y hoy está sucumbiendo ante los intentos de doblegar la institucionalidad e imponer modelos de gobierno signados por el totalitarismo y la arbitrariedad.

Los pueblos, cansados de su desesperante realidad, se aferran a cualquier alternativa y se convierten en sujetos de experimentos políticos improbables. Un continente con enormes riquezas, con sociedades ilustradas y una cultura vibrante, continúa mostrando una incapacidad para dialogar y alcanzar acuerdos mínimos que garanticen libertad y bienestar.

Con el viejo orden mundial en ruinas, ya no prevalece el respeto al derecho internacional, sino la imposición de la fuerza y negociaciones asimétricas entre los miembros de la comunidad global. Esto impulsa a los países a refugiarse en alianzas de todo tipo para protegerse y defender sus intereses, dividiendo al mundo en lugar de unificar esfuerzos para resolver los desafíos comunes.

El tercer eje de este reordenamiento es la economía global. Con la globalización agotada, cada nación busca avanzar sus propios intereses comerciales y productivos. El dominio de la transnacionalización ha quedado atrás y emerge un mundo más regionalizado y competitivo.

Quienes logren prepararse para navegar en las aguas turbulentas de este nuevo escenario internacional tendrán mayores posibilidades de asegurar un futuro de oportunidades para sus pueblos y las próximas generaciones. (O)