La propensión al entretenimiento, el triunfo del espectáculo, la banalización de la cultura, la disolución de las ideas en mensajes breves y una suerte de “capitalismo de la imagen” han puesto en entredicho a los libros y a las ideas, y a todos los conceptos esenciales de la democracia.

La migración del liderazgo de la sociedad y de la política, de los partidos y los discursos a las pantallas del teléfono celular es el fenómeno más significativo de nuestro tiempo. Más influye un tiktokero o un influencer que un caudillo; más importa el último episodio promovido por algún novedoso que lo que ocurre con los crímenes. En las redes sociales, la noticia del día es el último meme y no el bombardeo a Ucrania. La “realidad se ve” en la mínima pantalla y en los mensajes telegráficos, en las fake news.

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La opinión pública, antes fundamento de la democracia, en la actualidad se dispersa en interminables comentarios que se difunden en las redes sociales. El fraccionamiento infinito, las especulaciones de todo género, las sabidurías improvisadas contribuyen a la confusión universal y, como dice el dicho, “en tierra de ciegos, el tuerto es el rey”. Y así vamos por la vida, eligiendo poderes en función de sondeos, perfilando destinos a través de anónimos algoritmos, construyendo liderazgos en los celulares, inventando prestigios. Y asumiendo que la cultura es la última noticia difundida en el chat. O la última rueda del coche.

Ahora algunos creen que leer periódicos es cosa de viejos; la consulta de un libro ha pasado de moda. Es suficiente ver el titular, tantear el texto, pasar la vista al correo que llega con el último escándalo y el crimen más fresco, y… replicar sin pausa.

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El tema no es menor, ni es asunto que se queda en las anécdotas. La democracia y la república son temas que tienen que ver con lo que se llamaba la “opinión pública”, esa que se formaba y prosperaba con la consistencia de las ideas, la claridad y consecuencia con los valores, y la comprensión de lo que es realmente el poder y cuál es el papel que a cada ciudadano le corresponde frente a él, más allá de acudir a votar cada vez que nos convocan. El tema es importante porque si en lugar de fortalecerse la opinión pública se dispersan los decires de cada cual en infinitos y nimios debates, en consignas y pasiones, lo que tenemos es la atomización de todos los temas, la banalización de cualquier asunto y, como efecto, la ficción de reglas que no se cumplen, la proliferación de instituciones caducas y la confusión generalizada en la que vivimos.

La democracia no es una palabra. La democracia es una vivencia; es una cultura que se alimenta de ideas y de creencias, que florece en la sensatez, que tiene vínculos con la responsabilidad, con la calma para opinar, con la investigación para enjuiciar y con la aspiración constante de que seamos capaces de construir una sociedad de seres razonables, de adversarios políticos y no de enemigos irreconciliables.

Para todo eso, se requiere menos TikTok y más prudencia, menos espectacularidad y más modestia, y también, más información y menos especulación. (O)