En medio de tanta aflicción ha surgido un reconocimiento mundial al rol esencial de la agricultura y las actividades que de ella se derivan, en la provisión de alimentos para la humanidad, generación de empleos y exportaciones, de allí que lo menos que cabría esperarse es una justa correspondencia con los agricultores, protagonistas de la siembra y cuidado de las plantas, que nunca cesan de crecer y aun después de haber prodigado sus frutos, siguen altivas sin doblegarse y perpetuándose a través de sus semillas o medios asexuales de propagación.
La actividad agraria es continua y dinámica, el trato especial que merecen los elementos de las cadenas productivas para circular sin obstáculos es explicable y legítimo; en ese inagotable trajinar surge el compromiso, no escrito, de los cultivadores de mantener sin elevaciones la cotización de sus cosechas, aun en carestía si llegara a darse, pero son otros integrantes de la sucesión agrícola los que lucran de subidas creadas sin razón, especialmente en los bienes de consumo nacional. En este escenario, aparecen señales de reducción en el pago de algunos productos agroexportables, cuyo mercado es controlado por grandes comercializadoras al detal, como es el caso del banano, y por fuerzas extrañas que nunca están en contacto con el campo, ejemplarizada en el cacao, cobijadas por esotéricas entidades llamadas bolsas, activadas por inversionistas especuladores de papeles que no tienen conciencia del dolor campesino.
El mayor impacto económico y social de la pandemia cae sobre los países tropicales pobres, pero abastecedores insignes de las naciones desarrolladas, cuyos nacionales pagan sin inmutarse los valores de adquisición final, aun así, líderes políticos franceses, alemanes e ingleses han expresado frontales cuestionamientos al trato inicuo que recibe Latinoamérica, cultivadora de banano, cacao y café, reflejado en la baja proporción de la paga que llega a los productores, mientras los consumidores siguen comprando a niveles altos, también motivados por informaciones que demuestran las bondades de incluir en la dieta esos tres productos al aumentar la fortaleza del organismo para defenderse del coronavirus, razón valedera para conceptuar la baja de precios como un hecho condenable e inhumano, en estos momentos de interminable sufrimiento.
Paradójicamente, un último reporte de la FAO, publicado con gran revuelo, señala que en el mes de marzo pasado, de alta incidencia del COVID-19, el índice de precios de cereales como el trigo y maíz, excepto arroz, descendió 1,9 % respecto del mes anterior, en tanto que los lácteos marcaron 3 % menos; los aceites vegetales como soya y colza 12 % a la baja; y los cárnicos 1 %, lo cual desincentiva las inversiones agrarias ahora cuando más necesarios se vuelven los alimentos y lo grave que sería propiciar su escasez.
Los países latinoamericanos deben defender sus intereses en bloque y con ardor, ejerciendo mecanismos de presión que frenen cualquier pretendida disminución, que no radica en el mercado libre, sino en crueles conductas empresariales de espaldas al gran desafío de fomentar ahora más que antes la agricultura, ganadería, acuacultura y pesca. (O)








