Mientras alcaldes mínimamente de vanguardia buscan erradicar el consumo, particularmente innecesario, de botellas de plástico en ciudades como San Francisco en California, Estados Unidos, la burgomaestra de Guayaquil lleva a la ciudad puerto de regreso a los años 90. Esos días inocentes en que no había Netflix para matar el tiempo, o la década ganada o perdida para matarle a uno cualquier ápice de esperanza.
La idea de intercambiar un pasaje de bus por botellaS de plástico podía haber sonado innovadora la primera vez que Cynthia Viteri se propuso llegar a la presidencia del país, pero hoy por hoy raya casi en ofensiva, especialmente en pleno auge de –más literalmente que nunca– acaloradas protestas contra el cambio climático.
Para empezar, Guayaquil no cuenta con un sistema de separación y adecuado manejo de su basura, por lo que este mecanismo contribuirá solo milimétricamente al gran problema que constituye procesar la ingente cantidad de botellas, y otros empaques, que consumen sus pobladores y que afectan el ambiente en que se desenvuelven ricos y pobres.
Además, la iniciativa opaca el verdadero problema de Guayaquil: una ciudad sin provisión de agua segura que necesita consumir agua embotellada. Por una parte, ahí radica el problema de la contaminación por plásticos en la ciudad y, por otra, esto implica también un impacto económico innecesario en la población, difícilmente compensable con su intercambio por pasajes de bus.
Más crucial aún, Guayas es la primera o segunda provincia con diabetes e hipertensión del país, y por tanto de enfermedades renales crónicas relacionadas con una de estas dos dolencias. Cualquiera de las tres, y sobre todo cuando van de la mano, impactan de forma dramática en el conjunto de lo que todos nosotros subsidiamos en concepto de gasto público en salud.
Para quien no conoce a alguien con sobrepeso o diabetes, lo cual sería excepcional, es sabido que una de sus principales causas es el consumo continuo de bebidas endulzadas, que además con frecuencia contienen sal y por ende también aportan al aumento de presión arterial.
No será fácil, pero la alcaldesa solo puede pasar a la historia si logra algo más que golpes de efecto anodinos. Para ello, deberá abordar el problema de provisión de agua en Guayaquil, que a veces falta hasta en los hospitales. Esto reduciría el costoso y precario almacenamiento de agua en tanques, donde se reproducen mosquitos transmisores de enfermedades como dengue y malaria, contra lo cual además se usan larvicidas compuestos de organofosforados correlacionados con enfermedad renal. De esta manera, también mejorarían las condiciones de higiene, y así disminuirían las infecciones virales, bacterianas y parasitarias que van de la mano de episodios diarreicos y estados inflamatorios gastrointestinales debilitantes.
Y si ya quiere alcanzar la gloria total, el municipio podría sentarse a hablar con la industria directamente involucrada, los productores de gaseosas, energizantes y jugos, e indirectamente, como la azucarera. Estos empaques deben como mínimo tener un costo adicional que contribuya a desalentar su consumo y a financiar las actividades de prevención y remediación de enfermedades no transmisibles.
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