La prensa nacional ha difundido declaraciones de la máxima autoridad electoral del país, en las que se manifiesta admirador de las “bondades” del sistema electoral cubano e incluso agrega: “… Tendríamos mucho que aprender en términos de la construcción de una democracia directa…”.
La primera reacción que tuve, cuando escuché la noticia, fue: “…debe ser una broma…” y de muy mal gusto, por cierto. Sin embargo, al buscar las fuentes, pude constatar que no era una broma, sino por el contrario, una declaración pública, formal y muy emotiva.
La discusión sobre el fenómeno político cubano es inagotable, pues, más allá de los hechos, hay una historia que dependiendo de la pluma que la ha escrito, cambia de color, espesor y sustancia. Desde los extremos de la derecha, que califican al régimen cubano como una sangrienta dictadura, hasta los más recalcitrantes rojos que lo ven como un modelo de poder popular.
Y ya sabemos que en el gobierno hay un “cariño” muy especial por el Comandante Fidel y su tropa, por la nueva trova de Silvio y por la polémica figura del Che. En lo personal, están en su derecho. El problema es cuando esa admiración trasciende a lo institucional.
Yo, personalmente, pienso que hay dos momentos diametralmente opuestos en la historia de la revolución cubana:
1.- La lucha popular reivindicatoria desde la Sierra Maestra contra el dictador Batista y;
2.- La dictadura de Fidel y Raúl.
No es casualidad que las principales organizaciones defensoras de derechos humanos del mundo, por décadas, han denunciado al régimen cubano como ajeno a los estándares democráticos aceptados de manera casi universal en el mundo, desde la Francia de finales del siglo XVIII.
A lo largo de la historia han existido y existen, en la actualidad, regímenes alejados de estándares democráticos elementales, pero que, aunque sea en la forma, tratan de aparentar división de poderes y elecciones directas. Pero en el caso del régimen cubano, ni siquiera se guarda esa apariencia de democracia.
Es de dominio público que en Cuba no existe libertad de expresión, ni de asociación y mucho menos de participación política, y que los hermanos Castro gobiernan sin limitación alguna todas las instituciones de la isla.
Y puedo entender a quienes sostienen, desde su visión personal, que la cubana es una forma de democracia diferente a la “obsoleta democracia occidental”. Pero seamos claros: ¿en realidad la autoridad electoral ecuatoriana ve al sistema cubano como un modelo a seguir en materia de “…construcción de una democracia directa…”?
¿Quiere decir, entonces, que los ecuatorianos debemos prepararnos para, en el futuro, vivir una democracia con los estándares cubanos?
Porque de ser ciertas las expresiones antes referidas, no solo serían contrarias a los tratados sobre derechos humanos suscritos por el Ecuador y, por tanto, obligatorios, sino, además, contrarias a la Constitución vigente, que en materia electoral contiene principios opuestos, en forma y fondo, a los que gobiernan el “sistema electoral” de la isla.
Estando ad portas de un proceso electoral, es obligación de las autoridades de las otras funciones del Estado rechazar estas desafortunadas declaraciones de quien, por mandato constitucional, tiene la responsabilidad de garantizar estándares democráticos en los procesos electorales.






