El cambio fue drástico. Del viento helado que pega fuerte en los cuatro mil metros sobre el nivel del mar, en los páramos del Antisana, a la selva tropical, aquella inmensa sabana cálida y húmeda cubierta de un verde sin fin y diferente para los europeos.

Esta fue la transición abrupta que experimentaron veinte estudiantes españoles de la Universidad de Navarra (UNAV) que formaron parte del trayecto que en el siglo XVI emprendió Francisco de Orellana desde Quito hasta la selva, periplo que culminó con el descubrimiento del río Amazonas en febrero de 1542.

Lo que a los estudiantes les llevó 17 horas en bus en abril pasado, sin contar las paradas, a Orellana le tomó semanas a caballo bordeando los ríos primero angostos y correntosos hasta remontarse en navíos por los afluentes que se hacen más anchos y navegables.

La guía del viaje fue Ibon Tobes, docente e investigador español de la Universidad Indoamérica de Quito, acompañado de Santiago Uribe, productor audiovisual y magíster en entornos digitales que inmortalizó la experiencia.

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Descubrimos el Ecuador, su rica biodiversidad y sus culturas ancestrales, pero también los conflictos socioambientales y los retos de gobernanza a los que se enfrenta el país cinco siglos después de que Orellana recorriera sus paisajes, en pleno siglo XXI”, afirma Uribe como resumiendo la travesía.

Uno de los primeros puntos grabados en la mente de los estudiantes fue la hacienda Guachalá, la más antigua del país y que resguarda los vestigios de las formas de trabajo durante la colonización como las encomiendas y los huasipungos. También albergó a los científicos de la Misión Geodésica Francesa que en 1736 estableció la línea de la Mitad del Mundo que atraviesa Ecuador.

Era la primera vez que Patricia Lana, de 22 años de edad, pisaba lo que hoy es América Latina, la porción del continente colonizada por los españoles. Hay frases grabadas a fuego en su mente como la del jefe de los sionas, una de las catorce nacionalidades indígenas del Ecuador, cuando dijo que no pasaba nada si no ganaban dinero por un mes. “Tienen una manera de vivir totalmente diferente a la de Europa. Saben vivir de la naturaleza, lo que nosotros hemos olvidado”, rememora.

Un colibrí se posa en la mano de uno de los estudiantes en el bosque nublado. Foto: CORTESÍA SANTIAGO URIBE

A medida que el bus avanzaba entre las estribaciones de la cordillera de los Andes, todo variaba. Partieron de Quito a Guachalá y de allí al Antisana y a la selva, de forma abrupta, en medio de los microclimas que caracterizan al país. “Ibon nos decía que nos fijemos cómo iba cambiando el paisaje hasta que alguien dijo, ojo que esto ya es selva”.

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Patricia describe que un verde diferente destellaba ante sus ojos. “No es como el de aquí (de España)”, recuerda. Los paisajes andinos y los cambios abruptos rompieron toda expectativa que se puede tener de un país cuyo territorio está ubicado en el área tropical. “Tú te imaginas a Ecuador todo verde con palmeras cocoteras, pero es totalmente diferente”, afirma la universitaria.

Unos delfines rosados de agua dulce también se salieron del comportamiento esperado en el bosque inundable de la Reserva de Producción Faunística del Cuyabeno, en la provincia de Sucumbíos, al ser más tímidos sin las piruetas que caracterizan a sus pares del mar.

Caimanes y una diversidad de especies de aves y de insectos son una muestra de la biodiversidad que observaron.

En medio del camino al Cuyabeno estuvieron en la comunidad cofán Dureno, donde evidenciaron el conocimiento ancestral de los indígenas en armonía con la naturaleza que los rodea.

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Un caiman aparece cerca de la orilla durante la travesía en la selva amazónica ecuatoriana. Foto: CORTESÍA SANTIAGO URIBE

Una visión contraria a las piscinas contaminadas y las áreas degradadas que también visitaron, pasivos ambientales que dejó la compañía Texaco como marca de su paso por Ecuador al hacer su exploración y explotación petrolera desde la década del sesenta del siglo XX.

Patricia cree que hay aspectos positivos que se vuelven herramientas para frenar una explotación petrolera no sostenible en el país.

“Lo bueno de Ecuador es que la naturaleza tiene derechos y consideran a los indígenas como una nacionalidad. A los políticos que toman las decisiones les diría que tengan mucho cuidado con lo que hacen porque ya no es el mundo que dejarán a sus nietos, sino lo que dejan a ellos. Están destrozando tanto y poniendo tan al límite todos los recursos, que al final se van a ver ellos involucrados en lo que hacen”.

Durante el trayecto en bus Tobes narraba fragmentos de las descripciones sobre el viaje realizado por Orellana hace cinco siglos. “Por fin llegó la hora de la partida, y solo en Quito pudimos ver completa la caravana que se había armado. Para nuevas aventuras, sangre nueva, y tenía Gonzalo (Pizarro, jefe de la expedición en la que Orellana terminó llegando al Amazonas) veintisiete años cuando acabó de organizar la expedición. El propio marqués le había dado todo su apoyo, puso su parte en oro y le confió el mando con plena conciencia, porque tenía la ilusión de que todos en la familia serían reyes, y para sí mismo incubaba silenciosa en su mente la ambición de un imperio”, explicando las motivaciones de la travesía.

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El bosque nublado fue otro de los ecosistemas incluido en la ruta académica. Foto: CORTESÍA SANTIAGO URIBE

El incentivo del viaje actual se centra en nutrirse de las nuevas formas de ver la vida y sortear los inconvenientes. Andrea Legarra, otra de las estudiantes, palpó lo que ya había leído sobre las consecuencias de una explotación petrolera sin cuidado ambiental.

Nos llevaron a piscinas petrolíferas que estaban cerradas e incluso a una bomba de inyección de agua de formación, entonces todo lo que nos ha llegado, toda la información que nos han dado, todo lo que te han explicado es finalmente real, está ahí, como también las comunidades indígenas”.

El aprendizaje vivencial se convierte finalmente en una aventura que ayuda a palpar nuevas realidades, como que las casas de la comunidad cofán Dureno, donde se hospedaron, no tenían ducha.

“Aparte de que ya estábamos cansados, las casas no tienen duchas, entonces era un cubo enorme del que se extraía el agua y con otro más pequeño sacabas y te echabas”, cuenta.

Una serpiente capturando una presa en la reserva privada Intillacta. Foto: CORTESÍA SANTIAGO URIBE

Allí decidieron bañarse en las aguas del río Aguarico por la noche. No hicieron falta las linternas, la luz natural de la luna lo alumbraba todo. “Como no hay tanta contaminación lumínica, pues la luz que te llega es la de la luna que es clara, bonita, blanca, no es naranja”, relata Andrea.

La estampilla de Paula Ruiz del Coro del viaje fueron las reservas privadas de Bellavista e Intillacta, en la cordillera occidental de los Andes, en el noroccidente de Quito. “En España tenemos más una concepción de parque nacional como figuras de protección públicas del Estado o los Gobiernos autonómicos. Al inicio me chocó un poco pues las colaboraciones que había de los propietarios privados, iba también con un poco de prejuicio de que si es un particular, igual la conservación no sería como óptima porque hay intereses, pero fue lo contrario, superbién el modelo”.

Allí se percató del espíritu de sus pobladores, apasionados por conservar. “Es el ejemplo más patente de cómo se lucha por la tierra a la que tanto quieren. Ese espíritu de proteger lo suyo es lo que creo que aquí (en España) nos falta, una conexión, ese amor por la tierra. Un escritor español dice que estamos despaisados (el escritor naturalista Joaquín Araújo), que no tenemos conexión con el paisaje”, asegura.

Un mamífero en la reserva privada de Bellavista, al noroccidente de Quito. Foto: CORTESÍA SANTIAGO URIBE

Son reflexiones que surgen tras el viaje que se hizo la mayor parte en bus, mientras Tobes retomaba por momentos su narración sobre las crónicas del siglo XVI.

Gonzalo escogió, entre los centenares de soldados baldíos de las guerras recientes, a los doscientos cuarenta varones que salimos con él por los montes. Cien eran oficiales a caballo, ciento cuarenta éramos peones con mando sobre los cuatro mil indios que, más que contratados, habían sido enganchados a medias con promesas y a medias con amenazas, para que cargaran parte de los fardos que requería la caravana. Las cosas más pesadas irían al lomo de dos mil llamas, camellos de los páramos resistentes al frío, cuyo sentido del equilibrio es un milagro en los riscos de la montaña. Enrolladas sobre las llamas iban las mantas, enlazadas las herramientas y bien embaladas las armas (...) hizo traer de España y de las islas el arma más feroz que llevamos a la travesía, dos mil perros de presa cebados y adiestrados para despedazar bestias y hombres”. Una muestra del brutal proceso de colonización en desmedro de la población nativa.

La expedición académica adentrándose en el bosque nublado de la cordillera occidental de Los Andes. Foto: CORTESÍA SANTIAGO URIBE

Este viaje de los estudiantes es una pieza clave en la formación académica del grado de Ciencias Ambientales de la Universidad de Navarra, reconocida por Times Higher Education en 2019 como la tercera mejor universidad de Europa por su calidad docente.

Su carrera incluye el Programa Paisajes, que consiste en salidas de campo con cuatro viajes internacionales, una por cada curso. “El aprendizaje está basado en casos reales que son visitados junto a varios docentes de varias disciplinas, lo que ayuda a integrar conocimientos y a estrechar lazos gracias a la cercana convivencia entre alumnos y profesores”, explica Tobes.

Un reptil en la selva amazónica. Foto: CORTESÍA SANTIAGO URIBE

Ecuador es una potencia natural con múltiples recursos naturales, pero no ha conseguido un desarrollo económico integral pese a la explotación petrolera y minera realizada mayormente de manera no sostenible. Esto lo convierte en un escenario complejo en el que convergen políticas de conservación particulares y hojas de ruta planteadas desde la academia sobre lo que debería aplicarse.

“Una estrategia muy inteligente sería aprovechar esta diversidad biológica y todo el potencial que ofrece, por un lado está el turismo naturalista, pero creo que hay otras alternativas vinculadas a actividades económicas, como el biocomercio, plantas o animales que sean útiles y tengan un mercado, incluso todo el potencial que tiene la biodiversidad para encontrar nuevos compuestos químicos para usos industriales y nuevos medicamentos, creo que por ahí debería ir, de la mano del conocimiento que las nacionalidades indígenas tienen”, asegura Tobes.

Los estudiantes de la Universidad de Navarra posando en la comunidad de la nacionalidad Siona en la provincia de Sucumbíos. Foto: CORTESÍA SANTIAGO URIBE

Uno de los objetivos de la experiencia, agrega, es que los estudiantes conozcan de primera mano cómo es el conflicto que surge en las zonas donde se hace la extracción de los recursos mineros, los actores involucrados, sus problemáticas, demandas, anhelos y deseos. “En Europa no existen estos conflictos tan frontales entre el Estado y sus propios ciudadanos”, añade.

Ecuador se convirtió en el destino estrella de este Programa Paisajes en 2018, después de que Tobes propusiera a la Facultad de Ciencias de la UNAV el recorrido y los contenidos previamente descritos. Tras dos años interrumpidos por la pandemia del COVID-19, en 2022 se retomó esta actividad académica.

El contenido audiovisual recopilado durante el viaje será parte de un documental con el fin de difundir la experiencia académica de este grupo de estudiantes con sus profesores.

El fin es también promocionar, dice Uribe, este periplo que la Universidad Indoamérica ofrecerá a otras instituciones interesadas en esta formación académica vivencial. (I)

La travesía incluyó traslados en bus y en barcos sobre los ríos amazónicos. Foto: CORTESÍA SANTIAGO URIBE