El concepto de pesca industrial sostenible no existe o al menos no sería como hasta ahora se lo ha conocido a nivel mundial. Este es el principal mensaje del documental Seaspiracy, estrenado en la plataforma Netflix el pasado 24 de marzo.

El audiovisual, del cineasta Ali Tabrizi, comienza como un estudio de los desechos oceánicos y luego recorre los numerosos casos de destrucción y corrupción que se dan en la pesca industrial en países como Japón, China, Escocia, Somalia o Liberia.

Se puede observar desde millones de tiburones y delfines muertos en la pesca incidental hasta cómo varias organizaciones conservacionistas estarían motivadas por el dinero para apoyar sellos que marcan a cierta producción de mariscos como sostenibles cuando no lo son.

Uno de los datos revelados, por ejemplo, es que en Islandia, en un solo mes, se atraparon “accidentalmente” 269 marsopas, 900 focas, de cuatro especies diferentes, y 500 aves marinas.

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En un puerto de atún en Japón y una granja de salmón en Escocia, se puede ver a Tabrizi, que también es el narrador del audiovisual, agacharse en las esquinas y buscar a los detectives al amparo de la oscuridad.

Los mercados de aletas de tiburón en China se filman con cámaras espía. Muchas de las aletas que llegan al gigante asiático provienen de Ecuador. Aunque hemos observado comunicados del Gobierno chino asegurando que condenan este delito, los productores de Seaspiracy lograron filmar cómo a plena luz del día se desembarcan camiones llenos de cientos de sacos de este producto que sirve para cocinar una sopa que no tiene “gusto” y que sirve para mostrar el estatus social en ese país, ya que un plato de este caldo cuesta más de $ 100.

En tanto, los esfuerzos para investigar los abusos de los derechos humanos en la industria pesquera tailandesa están cargados de recordatorios del riesgo para Tabrizi y la vida de su equipo. Aquí se entrevistó a varios hombres que fueron esclavizados y relatan los horrores que vivieron en los barcos.

Uno de los mayores hallazgos que se muestran en el audiovisual es sobre las etiquetas Dolphin Safe en latas de atún que se expenden en Estados Unidos y gran parte de Europa. Estos distintivos prometen a sus usuarios que el atún que consumen ha sido pescado de forma sostenible y que ningún delfín ha muerto en las faenas.

Sin embargo, el documental demuestra que las organizaciones ambientales como el Earth Island Institute, a cargo de otorgar estas etiquetas, no pueden asegurar que no haya delfines muertos o enredados en los artes de las faenas atuneras y, además, uno de sus representantes señaló que existe la posibilidad de que sus observadores a bordo de los barcos puedan ser sobornados.

Otro de los aspectos abordados es la basura que genera la industria de la pesca. Redes y equipamientos constituirían más del 50 % de los desechos marinos y los cuales son letales, ya que están hechos para matar.

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En este punto se realiza una fuerte crítica a diferentes oenegés que trabajan para sensibilizar sobre la basura marina y que han obviado el impacto de la pesca en este problema ambiental y solo se enfocan en residuos como los sorbetes.

“La pesca de palangre coloca suficientes líneas como para envolver el mundo entero 500 veces por día”, dice Tabrizi.

Se afirma que en un año, en Estados Unidos, mueren 1.000 tortugas por ingesta de plásticos, pero en ese mismo periodo los barcos pesqueros hieren o matan 250.000 tortugas “accidentalmente”.

En la pieza audiovisual se entrevistó a Sylvia Earle, oceanógrafa, investigadora, activista por los mares que ha estado en las islas Galápagos para realizar sus estudios y fundadora de Ocean Blue. Ella abogó por la defensa de los mares y la vida que albergan.

Al ser consultada si los mariscos sostenibles y sustentables existían, ella contestó: “He buscado mucho, de verdad, un ejemplo de lugar donde es sustentable una extracción a gran escala de vida silvestre, pero simplemente no existe”.

¿La solución? Según el documental la única forma de acabar con esta presión desmedida a la vida marina es dejar de comer pescado, mariscos en general, o reducir el consumo del mismo al mínimo.

Esta recomendación se contrapone con los preceptos industriales. Por ejemplo, el sector pesquero de Ecuador en los últimos meses, a raíz de la discusión de la expansión de la reserva marina o la creación de una nueva en Galápagos, ha impulsado la idea del mayor consumo de pescado por los beneficios a la salud que traería.

La protección de los mares a través de reservas también es tratado en el documental. Se afirma que el 30 % de los océanos a nivel mundial deberían estar bajo este esquema, pero que actualmente solo está cerca del 5%.

Sin embargo, en este 5% está permitida la pesca por lo que el impacto se mantiene y, según el audiovisual, solo el 0,5% de los mares realmente estaría protegido.

Críticos de periódicos como The New York Times han calificado de sorprendentes y memorables algunos de los datos revelados en Seaspiracy, pero el estilo retórico del mismo trastocaría el sentido de investigación e “incluso los puntos notables de la película parecen emerger solo brevemente antes de hundirse bajo la superficie, perdidos en un mar de turbios pensamientos conspirativos”.

Lo mejor que puede hacer la audiencia es ver el título y emitir sus propias conclusiones. (I)