La palabra azafata se usó antes de que existieran los aviones. Su empleo comenzó en los palacios del siglo XV. En esos tiempos, las azafatas eran las damas de honor que atendían a la reina. Su nombre proviene del azafate, un canastillo de mimbre o una charola que servía para llevar las joyas, vestidos y perfumes necesarios para el arreglo de la soberana.
La documentación de este vocablo es muy antigua: ya en 1617 consta el término azafate en el «Diccionario etimológico» del lingüista John Minsheu. Posteriormente, en 1726, la voz azafata ingresó al diccionario académico.
Sin embargo, recién en el siglo XX, con el surgimiento de la aeronáutica y los vuelos comerciales, la palabra se rescató para referirse a las asistentes de cabina. Se eligió precisamente por su significado original, que transmitía valores de ‘lealtad, servicio, atención y cuidado’, lo que otorgó un matiz de distinción y confianza a esta nueva profesión.
Además del contexto de los aviones, se emplea en otros ámbitos relacionados con el servicio al cliente. En este sentido, son azafatos, por ejemplo, quienes atienden a los pasajeros de los trenes y aquellos que asisten a los participantes en auditorios, congresos o asambleas.
Es importante recordar que el masculino de azafata es azafato. Estos términos se emplean indistintamente con aeromoza o aeromozo, aunque muchas compañías de aviación prefieren la denominación técnica de «tripulante de cabina de pasajeros» (TCP).
Tengamos cuidado con la pronunciación para no confundir azafato con azafate, pues una equivocación de este nivel convertiría en una bandeja a los profesionales que garantizan nuestra seguridad y confort en los aviones. (F)
FUENTES:
Diccionario de la lengua española, Diccionario del estudiante, Diccionario panhispánico de dudas, Diccionario histórico de la lengua española y Nuevo tesoro lexicográfico de la lengua española (versiones electrónicas), de la Real Academia Española.