Pasa el tiempo, pero el dolor y la frustración persisten entre quienes fueron víctimas directas del terremoto de abril de 2016, con epicentro en Pedernales, norte de Manabí, y efectos en muchos otros parajes del país. Cómo no, si hasta el poder de entonces los mandó a callar públicamente cuando se quejaban de su desgracia y hasta con amenazas de prisión si seguían insistiendo en pedir ayuda desesperada, lo que el Gobierno de la época sentía como una ofensa, pues todos debían estar seguros de que la ayuda y la reparación llegarían.
Diez años después, que se cumplieron ayer, tal ayuda llegó muy parcialmente, y por mucho tiempo los damnificados que lo perdieron todo en un minuto debieron vivir en carpas y refugios, hasta que juntaron su propia plata y pudieron levantarse desde las cenizas. Y de esos alrededor de 3.500 millones de dólares que se recaudaron a través de impuestos y donaciones, y que recibieron de entrada el membrete de que eran para los damnificados de Manabí, poco fue lo que se materializó. Quizás el mayor recuerdo de eso esté en los pocos judicializados por el manejo de esos fondos, alguno en la Cárcel del Encuentro y otros prófugos en México y otros destinos.
Pero veamos el vaso medio lleno en este tema. Y la única forma de hacerlo es enfocando hacia la solidaridad nacional, que en oleadas llegó hasta Pedernales, Jama, Canoa, Bahía de Caráquez y unas casi devastadas Portoviejo y Manta, los centros políticos y económicos de esa provincia.
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Grandes y chicos, empleados y estudiantes, autoridades seccionales lejanas, Gobiernos amigos: muchos recogieron alimentos y vituallas para llevarlos hasta la zona cero de la tragedia y ayudar a quienes vieron sus esfuerzos caer como un castillo de arena. El dolor de quienes perdieron a sus familias enteras sigue impregnado en esos lugares.
Destaquemos entonces el espíritu solidario del ecuatoriano, que es quizás la mayor de las lecciones que dejó ese terremoto. (O)




















