Micronesia es un conjunto de miles de pequeñas islas y arrecifes coralinos que forman un archipiélago en el océano Pacífico. La superficie emergida es insignificante, alrededor de 3.000 kilómetros, pero los Estados y unidades políticas que se asientan en ellas tienen soberanía sobre una vastísima zona marina. Uno de estos países es la República de Palau, en español Palaos, puesto que durante tres siglos formaron nominalmente parte del imperio hispánico. El principal recurso de esta nación es el turismo, que aprovecha la belleza de las playas y su vegetación tropical. Sin embargo, la llegada de turistas se ha reducido drásticamente, porque en su mayoría provenían de China Popular, en la que el régimen del Partido Comunista restringió los viajes a territorio palauano. Es una medida de presión para que el Gobierno isleño deje de reconocer la legitimidad de Taiwán.
El propósito de esta coerción va más allá de lo diplomático. La posición geográfica de Palau es altamente estratégica y su dominio significaría un escalón importante en la pretensión de Pekín de convertir al océano Pacífico en su mare nostrum, su “mar nuestro”. Simultáneamente, “particulares” de nacionalidad china han adquirido terrenos en zonas de interés militar en estas islas relativamente cercanas a Taiwán. Se han detectado movimientos sospechosos de ciudadanos chinos residentes en el pequeño país y se sabe que hay políticos micronesios captados por el oro rojo.
En el intento de erigirse como potencia hegemónica, la República Popular no escatima medios ni esfuerzos. Ha lanzado al mundo digital algunas aplicaciones desarrolladas por sus empresas tecnológicas como el operador de inteligencia artificial DeepSeek que, de acuerdo con agencias de ciberseguridad, presenta inconsistencias que demuestran que podría estar acopiando datos de los usuarios, además difunde desinformación en temas políticos y todo el contenido que proporciona tiene un fuerte sesgo ideológico. Este y otros elementos de software del mismo origen comienzan a ser restringidos y hasta prohibidos en varios países, pero gran parte del planeta permanece abierto a su penetración.
Occidente parece no tomar consciencia de estos actos expansionistas que, por supuesto, no se limitan a acosar a la diminuta Palau. Prosigue la campaña de aislar diplomáticamente a Taiwán, cuyos representantes ahora no pueden pisar las dependencias de Interpol, entidad encargada de la lucha contra el crimen, como ya ha ocurrido con otros organismos internacionales. Estas exclusiones crean peligrosísimos vacíos en campos claves de la convivencia internacional. ¿Qué ocurrirá si un delincuente con la famosa “notificación roja” de Interpol llega a la isla? No olvidemos que China sigue siendo un Estado oficialmente marxista, por más que en la práctica económica haya ladeado esta doctrina, esta justifica cualquier acción que se considere que ayuda a realizar la “revolución mundial proletaria”, sin límite ético ni jurídico. La anexión de Taiwán es un objetivo confeso, no hay señales de que se detendrán allí. Mientras tanto Europa y Norteamérica siguen en su “business as usual” y miran para otra parte. (O)











