No sé qué conjuro te lanzaron, mi hermosa Guayaquil, pero ¡púchica!, te arrebataron la gracia celestial. Perencejos en cargos públicos, puro piteo en las calles, ratas y rateros por doquier, groserías y desorden, el ánimo bajoneado…
¡Chuzo, ñaños! Hablemos serio. No vivíamos así. Éramos hospitalarios, disciplinados, corajudos y valientes. Acogíamos a la pipol de todas partes. Le metíamos ñeque a la vida. Decíamos la plena clarito, sin lloriqueos ni vulgaridades. Nadie nos aguaba la buena vibra de Olmedo. Y a los sabidos se les sacaba la recontra madre, dicho en guayaco.
Guayaquil era “una ciudad trajeada de lino y algodón, pletórica de moral y cívica (…). Olorosa a cacao y especias, coloreada de mangos y naranjas apiladas en el malecón. Que, al arrullo de su ría vestida de jacintos de agua, de canoas y balandras, creció y fue escenario de una sinfonía de puerto, de esfuerzo y sudor (…). Cadencia de remeros, chirriar de cabrestantes y de aves marinas. Buques de mil banderas que ruidosamente anclaban en el surtidero. Morada de gentes que disfrutaban por ser educadas. Marco de paz (…). Árbol frondoso que nos cobijó con su abundancia de virtudes, que enriqueció nuestra vida, nos vio crecer y se hizo amar” (J. A. Gómez Iturralde, 2017).
Todos salíamos a defender la Perla del Pacífico ante cualquier bravata ajena y, con el esqueleto temblando emocionado, cantábamos: “Saludemos gozosos/ en armoniosos cánticos/ esta aurora gloriosa/ que anuncia libertad, libertad, libertaaaad”. ¡Belleza! A uno se le agrandaba el alma, el corazón se vestía de prócer y uno caminaba altivo por la 9 de octubre como gran cacao.
¿Cuándo se apagó la luz amable? Akilito se extravió en la ruta; la colorada se nos fue de mambo; Don Bigotes vio esa vaina, se cambió la guayabera, y con tres maullidos recordó la gran gestión pública de su administración.
Se vienen las seccionales y la cosa se pone heavy. De ley que surgen enchufados mala fe, esperpentos dizque patriotas, con oratorias que son un mate de risa y mensajes inicuos.
Pero el aguante tiene límites, ñaños. No podemos seguir con la garganta anudada, hecho funda el pensamiento, mirando de lejos la historia. Hay que frentear la cosa y rescatar nuestra identidad. Necesitamos mujeres y hombres decentes, apasionados por la ciudad y abiertos a la esperanza. Nada de mamertos en el sillón de Olmedo.
En el Puerto Principal queremos gente con experiencia y ejemplaridad pública, comprometida con una ciudad sostenible; líderes que valoren la tradición y principios fundantes; que tengan decisión política y gestionen con eficiencia el presupuesto; que brinden servicios de calidad para todos; que coordinen acciones con el Estado sin perder autonomía; que se rodeen de equipos confiables y busquen alianzas con otros sectores. Que nos inspiren con su palabra y su mesura; que nos impulsen a la acción solidaria de la cual somos pioneros.
“El tiempo es el gran depurador de glorias. El falso brillo no tarda en desvanecerse. El valor verdadero aparece tarde o temprano”, escribía Julio Estrada sobre la templanza y entereza de Olmedo. Yo le creo a don Julio. ¡Vamo’ ahí, Guayaquil! (O)










