La aplicación de la eutanasia en la joven española Noelia, por sus características judiciales, llamó la atención en el mundo hispánico y reabrió el debate sobre esta compleja problemática. El tema me encontró dedicado a leer sobre el poeta argentino Leopoldo Lugones, del que solo tenía referencia nominal. No es gran cosa su poesía, pero me impactó una frase suya. “dueño el hombre de su vida, lo es también de su muerte”. Principio que llevó hasta las últimas consecuencias, en lo que se iguala a sus contemporáneos ecuatorianos, llamados justamente por eso “decapitados”, que son mejores poetas. Estas situaciones no son raras en los jardines de la lírica.

En la Biblia se narran algunos suicidios, los más notables son los del juez Sansón, el del rey Saúl y el de Judas. En tales relatos se destaca como castigo los sentimientos de vergüenza y desesperación que llevan a los sujetos a darse muerte y no una ulterior pena por el acto de causarla por propia decisión. No consta en las Sagradas Escrituras, pero el judío helenizado Flavio Josefo registra en sus obras la historia de la fortaleza de Masada, ocurrida en el siglo I d. C., cuyos defensores prefirieron inmolar a sus familias y matarse antes que caer en manos de los romanos y ser esclavos. El hecho actualmente es exaltado como heroico por los israelitas. Las interpretaciones de una prohibición divina de la muerte por mano propia son extrapolaciones de la condenación del homicidio, que no se sostienen en un texto bíblico expreso.

En el pensamiento judío quien reprueba claramente el suicidio es, ya en la Edad Media, el filósofo Maimónides, aunque matiza ciertas situaciones. Este pensador hebreo coincide y se diferencia con los filósofos cristianos medievales Agustín de Hipona y Tomás de Aquino, quienes sí son claros en la proscripción absoluta de cualquier autoinmolación. Estos pensadores toman más bien sus ideas de filósofos griegos, especialmente de Platón y Aristóteles. Pero en el mundo heleno hubo pensadores que consideraron que había circunstancias en las que el suicidio podía ser ético, como los estoicos, entre los cuales, el irreprochable Séneca. Otro santo Tomás, apellidado Moro, plantea en Utopía, descripción de un mundo ideal, que podría aplicarse la muerte para evitar los sufrimientos extremos. La palabra eutanasia, helenismo que significa buena muerte, la introduce poco después el inglés Francis Bacon. Curiosamente, la palabra suicidio la crea unos 30 años después el monje Juan Caramuel, Estas notas filológicas son importantes porque demuestran que no ha habido en esta materia una opinión unánime a lo largo de la historia.

Llegamos al siglo XX con la eutanasia severamente prohibida en todos los códigos del mundo. En los años sesenta y setenta, los de los grandes cambios, se abrió el debate ético y científico sobre la cuestión, que llevó a la legalización en la mayor parte de Occidente. Esta legislación es rechazada por importantes minorías, en particular por sectores tradicionalistas del catolicismo. En el Ecuador, gracias a la lucha de activistas consciente, entre los que recordaremos siempre a Paola Roldán, se hizo una ley, pero es una ley a medias que deja en un peligroso limbo su aplicación. (O)